Hay días que uno sabe que va a recordar durante mucho tiempo. Ayer fue uno de ellos.
Tuve el enorme privilegio de ser la pregonera de las fiestas de Aguaviva. Y todavía hoy, cuando intento poner en palabras lo que sentí, me cuesta hacerlo sin emocionarme.
Porque Aguaviva no es para mí simplemente un pueblo.
Durante casi diez años fue mi lugar de trabajo, pero, sobre todo, fue una parte importante de mi vida. Allí llegué como médico de familia, con la responsabilidad de cuidar de sus vecinos, y allí descubrí que la relación entre un médico y las personas a las que atiende puede ir mucho más allá de una consulta, una historia clínica o un diagnóstico.
Llegué pensando que venía a cuidar. Y terminé descubriendo que también me cuidaban a mí.
En un pueblo uno aprende que la medicina tiene mucho de ciencia, pero también muchísimo de humanidad. Aprende que detrás de cada paciente hay una historia, una familia, unas preocupaciones, unos afectos. Aprende que preguntar por un hijo, por un marido, por una madre o por un nieto puede ser tan importante como preguntar por unos síntomas.
Aprende, en definitiva, que cuidar también significa estar. Y durante aquellos años tuve la suerte de estar.
Estuve en momentos buenos y en momentos difíciles. Conocí familias, compartí preocupaciones, celebré alegrías y acompañé tristezas. Entré en las casas y en las vidas de muchas personas. Y, sin darme cuenta, ellos también entraron en la mía.
Después llegó el momento de cambiar de rumbo profesional y asumir la gestión de la Atención Primaria. Una decisión apasionante, pero que también significaba alejarme de aquella consulta y de la relación cotidiana con las personas que durante tantos años habían formado parte de mi día a día.
Sin embargo, hay lugares de los que uno se marcha sin llegar a irse del todo. Aguaviva es uno de ellos.
Por eso, cuando ayer me dijeron que tenía que pregonar sus fiestas, sentí algo difícil de explicar: orgullo, emoción y, sobre todo, gratitud.
Orgullo de haber pertenecido a ese pueblo durante tantos años.
Emoción por volver a encontrarme con tantas caras conocidas.
Y gratitud. Una gratitud enorme por haber tenido la oportunidad de vivir una etapa de mi vida que, estoy segura, me ha hecho mejor profesional y, sobre todo, mejor persona.
Ayer comprendí que ser pregonera no era simplemente pronunciar unas palabras antes de que comenzaran las fiestas. Era mucho más.
Era que un pueblo al que tú llegaste para prestar un servicio te devolviera, años después, una muestra de cariño y reconocimiento que no tiene precio.
Y mientras miraba a la gente reunida, pensé en algo que muchas veces olvidamos: los pueblos no se construyen solamente con calles, plazas o edificios. Los pueblos los construyen sus personas. Los que están. Los que estuvieron. Los que se fueron y vuelven. Los mayores que conservan la memoria. Los jóvenes que representan el futuro. Los niños que algún día tendrán sus propios recuerdos de estas fiestas.
Y todos aquellos que, de una manera u otra, hacen que un pequeño pueblo siga teniendo una identidad enorme. Aguaviva quizá sea pequeña en el mapa.
Pero ayer volví a comprobar que hay lugares que no necesitan ser grandes para ocupar un espacio enorme en el corazón.
Por eso hoy solo puedo decir: GRACIAS, AGUAVIVA.
Gracias por haberme acogido, por haber confiado en mí, por haberme permitido formar parte de vuestra historia.
Y gracias por recordarme que, aunque cambien las responsabilidades, los despachos y las etapas profesionales, hay vínculos que permanecen.
Ayer fui pregonera. Pero, en realidad, sentí que Aguaviva me estaba devolviendo algo que yo llevaba dentro desde hace muchos años.
Y quizá ese sea el verdadero privilegio: haber llegado un día a un pueblo para cuidar de sus gentes y descubrir, con el paso del tiempo, que ese pueblo también había dejado una huella imborrable en ti.
Ayer me sentí afortunada. Hoy, todavía más.
Y sí, lo digo con enorme orgullo: Aguaviva también forma parte de mi historia.
Yo llegué a Aguaviva para cuidar de sus gentes. Y, mientras yo cuidaba de ellos, Aguaviva también me estaba cuidando a mí.
Pilar Borraz. Gerente Única de Atención Primaria del Servicio Aragonés de Salud

