Darío Vidal amaba profundamente a Aragón, y, en particular, al Bajo Aragón. En otoño de 1996 Darío Vidal me enviaba su nueva publicación, «Harina de este costal», y en la dedicatoria resumía la pasión que sentía por nuestra tierra: «Ahí te mando, agavillados en forma de libro, esos artículos que hablan de nuestra debilidad, de nuestra ocupación, de nuestra preocupación, de ese vicio nuestro llamado Aragón». No exageraba en absoluto.

Tras su paso por el Gobierno aragonés, Darío se volcó en la literatura y en la colaboración en «La Comarca». Contribuyó, con otros, a conseguir que se convirtiera en la voz de esa comarca histórica, con zonas llanas y montañas, con gentes que se identifican en la pertenencia común, más allá de las divisiones que los políticos han llevado a cabo en pequeñas comarcas.

Conocí a Darío en la legislatura política de 1987-1991, cuando se incorporó como Consejero de Cultura al gobierno presidido por Hipólito Gómez de las Roces, etapa en la yo era Jefe de Prensa de la Diputación General de Aragón. Era un hombre abierto y optimista del que era fácil hacerse amigo.

Procedía del periodismo, profesión que le marcó de por vida. Estudió Filosofía Pura, pero se movió con destreza en la actualidad informativa en diversas redacciones de Barcelona. Tras ser consejero del Gobierno, convirtió Alcañiz en su refugio, donde, como me decía, estaba «recluido como un ermitaño», pero profundamente activo. Creó e impulsó el «Vencimiento del Dragón», que todos los 23 de abril se desarrolla en la Plaza de España. San Jorge venciendo al dragón reúne cada año a alcañizanos y a muchos bajoaragoneses en una ceremonia vistosa y llena de entusiasmo.

Lector apasionado y escritor incansable en temáticas muy diversas. Su interés abarcó la gastronomía, como parte de la Cultura del pueblo, y fue vicepresidente de la Academia Aragonesa de Gastronomía. Con ese convencimiento, publicó en 1998 «El cuarto sentido» y, un año más tarde, «Cierto sabor». Este último se centraba en las preferencias culinarias de los aragoneses y, resumía el autor, «partiendo de la anécdota, se adentra en una reflexión general sobre esa manifestación de la Cultura universalmente amenazada en nuestros días que es la gastronomía».

Se ha apagado la vida inquieta y rica de Darío Vidal. Deja, entre otras cosas, muchos amigos.

Carlos Sauras