Hay palabras que suenan técnicas, pero esconden decisiones profundamente políticas: «Reordenación», «optimización», «eficiencia». Todas ellas sirven ahora para justificar lo que, en realidad, no es otra cosa que un paso más en la ya crónica desvertebración del territorio. Esta vez les toca a las oficinas liquidadoras, un servicio silencioso pero esencial que desaparecerá, curiosamente, allí donde más falta hace.
Porque conviene empezar por una obviedad que, sin embargo, parece olvidarse con facilidad: en las capitales no existen oficinas liquidadoras. Allí la gestión la asume directamente la administración autonómica. Es decir, este «ajuste» no afecta a quien vive en la ciudad, con múltiples alternativas, mejor acceso y más recursos. No. Afecta, como casi siempre, al medio rural. A población envejecida, dispersa y con dificultades de desplazamiento que ahora verá cómo pierde otro servicio de proximidad.
Y no se trata de un servicio menor. La oficina liquidadora no solo tramita documentos: asesora, orienta y, sobre todo, aporta seguridad. Seguridad de que los cálculos son correctos, de que los trámites se hacen bien, de que alguien cercano —y además, sin coste económico— está ahí para evitar errores que pueden salir caros. Su desaparición no deja un vacío neutro; deja un hueco que solo puede llenarse recurriendo a gestorías privadas pagando cifras que pueden oscilar entre los 200 y 300 euros para cualquier trámite. Y ni siquiera con la certeza de que el resultado será mejor.
El modelo alternativo propuesto roza lo caricaturesco: un buzón de entrada en oficinas delegadas y OCAs. Entregar papeles, sí. Resolver dudas, no. Corregir errores, tampoco. Si surge un problema —y surgirán— la solución será tan sencilla como desplazarse a la capital de provincia. Un plan impecable… siempre que se ignore la realidad de quien tiene dificultades para viajar, depende de terceros o simplemente no puede permitirse perder una mañana entera para resolver un trámite.
Todo ello se presenta bajo el envoltorio de un supuesto ahorro y de la «recuperación» de competencias delegadas en entidades privadas. Pero conviene no engañarse: el ahorro existe, sí, pero no por hacer más eficiente el servicio, sino por dejar de prestarlo. Es una lógica que funciona de maravilla sobre el papel, aunque sus consecuencias se midan en kilómetros.
Y, como en toda buena historia política, no falta la dosis de incoherencia. Resulta llamativo observar cómo algunos partidos, especialmente PP y VOX, adoptan posturas distintas según la institución en la que se encuentren: abstención aquí, voto en contra allá. Una coreografía parlamentaria que revela lo evidente: saben que la medida es difícil de defender. Porque, por muchas vueltas que se le dé, el resultado es el mismo: menos servicios, menos cercanía y, en definitiva, menos igualdad.
Jorge Santafé. Teruel Existe / Alcañiz


Don Jorge: Vaya por delante mi afirmación de que no estoy de acuerdo con muchas cosas que dice Vox. Con ustedes me pasa lo mismo. Y me refiero a lo que usted llama incoherencia. Me parece más adecuado votar en cada territorio lo que pueda ser mejor para ese territorio. Aunque parezca raro, no se puede querer hacer lo mismo en todas partes, porque las necesidades no son iguales y porque el presente y el futuro, que lo cambiaran todo, hay que considerarlo en cualquier decisión. No es igualdad que todo el mundo coma las mismas sopas, hay a quien no le gustan y hay a quien no le convienen.
Saludos
Don Antonio, estos tempos van cambiando que es una barbaridad.
Hace mucho que no se celebran misas diarias en los pueblos, y eso que eran esenciales para el espíritu y su relación con el Todopoderoso. Con una o dos al mes tienen suficiente, pero ya no obliga, antes si, incluso se ponían multas a quien no pagaba la dispensa.
Los papeleos burocráticos, de hoy, obligan y al que no los cumple multa. El papeleo te lo comes, te guste o no, y te convenga o no.
Se me hace raro que lo vea usted tan simple.
El articulo como la vida misma. Se apaga la luz y el contador no corre. Todo arreglado.