En La Iglesuela del Cid, en Calaceite o en Alcañiz ocurre lo mismo que en Teruel, Zaragoza o Madrid: la extrema izquierda ha desaparecido del relato político. Sigue existiendo, pero ya no está en el lenguaje con que nombramos la realidad.

A la derecha del PP se sitúa la extrema derecha de VOX o la ultraderecha de Se Acabó La Fiesta. Pero a la izquierda del PSOE no hay extrema izquierda; lo que hay es «izquierda alternativa», «izquierda transformadora» o, simplemente, «izquierda a la izquierda del PSOE». Y, entonces, ¿dónde está la extrema izquierda?

Puede ser una simple trampa discursiva para legitimarse a base de infundir miedo o, tal vez, uno de los muchos borrados deliberados del debate político. Pero lo cierto es que, mientras discutimos sobre etiquetas, dejamos fuera del foco lo esencial. El problema nunca será dónde está la extrema izquierda: el problema es dónde está la humanidad.

Hace unos días nos escandalizamos e indignamos ante la imagen de un soldado israelí intentando descabezar una figura de Jesucristo en el sur del Líbano. La reacción fue global, casi automática. El propio Netanyahu se mostró «atónito y entristecido» y prometió medidas ejemplares: «un acto contra la declaración de derechos humanos», se dijo, y con razón.

Pero ese mismo día, y el anterior y el siguiente, morían niños e inocentes en Libia, Gaza, Ucrania, Sudán, República Centroafricana (entre otros muchos conflictos activos). Familias enteras desaparecidas bajo los escombros de sus hogares, mujeres y niñas violadas, sueños de prosperidad truncados, hospitales desabastecidos, refugiados sin refugio… eso ya no provoca la misma indignación: ni en Netanyahu, ni en nosotros. Parece que esa capacidad de indignarnos se diluye cuando lo que se destruye no es la escayola y la madera de la figura, sino la vida misma en el crujir de la carne y hueso.

No es que la destrucción de un símbolo religioso no importe; es que hemos perdido la proporción. Nos hemos acostumbrado a un debate que vive de simplificaciones, de etiquetas que reducen el mundo a bandos enfrentados y fáciles de reconocer. Pero la realidad, la de verdad, es mucho más incómoda.

Nos escandaliza el daño a la imagen de un Cristo con el que nos identificamos, pero aceptamos con indiferencia el daño a los hijos de quienes no conocemos. Y así, casi sin darnos cuenta, enfocamos lo superfluo, la imagen, y desenfocamos lo trascendental: la vida o, mejor dicho, lo irreparable, la muerte.

Ese es el verdadero problema de nuestro tiempo: no la ausencia de la extrema izquierda ni la presencia de la extrema derecha, sino la pérdida de una mirada capaz de distinguir lo importante de lo accesorio. Pero cuando una sociedad pone en el centro la política, los símbolos, las etiquetas o los argumentarios y relega la vida a un segundo plano, deja de ser una herramienta de convivencia para convertirse, simplemente, en una forma nueva de dominación.

Quizás por eso el amor (esa palabra que algunos todavía se atreven valientemente a utilizar en política, como hizo Cándido en estas mismas páginas) resulta hoy casi subversivo, porque no genera titulares, ni moviliza votos ni levanta trincheras, pero sí exige algo que ningún programa electoral ofrece: compromiso.

Amar es reconocer y aceptar al otro, incluso cuando incomoda o no encaja en nuestras categorías morales, como alguien que puede morir, que puede sufrir, que puede desaparecer sin que nadie lo cuente.

En La Iglesuela del Cid, en Calaceite o en Alcañiz la vida sigue ahí, al alcance de la mirada: concreta, frágil, cotidiana.

La pregunta no es solo si sabemos amarla.

La pregunta es si todavía nos molestamos en verla.

José Luis del Valle. Abogado