2+2=5 y punto. X es una persona leal, de partido. Él no ha cambiado de ideas, no como esos chaqueteros que se van adaptando al sol que más calienta.

Por eso, cuando X abrió su ordenador y vio en la bandeja de entrada el mensaje de la ejecutiva con el asunto «argumentario», ya sabía que los de arriba le pedían su colaboración.

«Dos más dos son cinco». Ese era el escueto mensaje. X se quedó un rato mirando la pantalla sin entender bien lo que quería decir. Lo dibujó con números con el dedo sobre la mesa: 2+2=5, pero seguía sin comprenderlo, así que decidió llamar al partido para que se lo explicaran.

«Mira, chico, no le des más vueltas: si el líder dice que dos y dos son cinco, entonces es que son cinco». Y, sin dar respuesta a los muchos peros que X quería plantear, la comunicación se cortó.

Esa mañana, X se encontró en el bar del pueblo, el único que había, a un viejo amigo de partido y le invitó a un café con churros. Aprovechó para preguntarle si él también había recibido el argumentario del día.

—Claro. Ya está bien de hacer las cosas como se han hecho siempre. Es hora del cambio y vamos a empezar por lo básico, por desaprender lo que la cultura tradicional nos ha impuesto. Así que, a partir de ahora, dos y dos son cinco.

El primero en alegrarse por el nuevo paradigma fue el camarero del bar, cuando X le entregó un billete de cinco euros diciéndole: «Toma, cinco euros: dos de cada café, porque desde hoy dos y dos son cinco».

X se pasó por el Ayuntamiento para modificar la oferta de empleo público: jornada de cinco horas: dos productivas y dos de coordinación. «Así se crea empleo de calidad», pensó.

Como llevaba unos días con un poco de tos y algo de fiebre, X se acercó al consultorio médico y se quedó satisfecho al comprobar lo bien que funcionaba la sanidad pública. Acarició con afecto la receta que llevaba en el bolsillo: «Cinco pastillas al día: dos por la mañana y dos por la tarde».

Ya en casa, a la hora de comer, su hijo le contó que el maestro les había puesto un problema: «Si tienes dos peras y dos manzanas, ¿cuántas frutas tienes?». La respuesta correcta, como no podía ser de otra forma, era cinco. «Qué bien sabe la escuela pública transmitir los nuevos valores», pensó X mientras, orgulloso, acariciaba el pelo de su hijo.

Pero su mujer, que había escuchado la conversación, rompió la magia del momento tierno: «No le enseñes eso al niño, que es una tontería».

Alterado y con las venas a punto de estallar, X le espetó: «¿Cómo que una tontería? ¿No dice la Iglesia que el Padre y el Hijo son tres personas y lo llama Santísima Trinidad? Pues igual, ¡dos y dos son cinco! Y punto».

Aplicando la regla del 2+2=5, el partido de X prometió en su programa electoral mejoras para todos los colectivos: «¡Trabajadores!, si nos votáis, por cada dos días trabajados, descansaréis dos y cotizaréis cinco»; «¡Miembros del capital!: si nos votáis, podréis aplicar cinco puntos al dinero prestado: dos por intereses y dos por comisiones».

Y, como era de esperar, su partido ganó las elecciones y gobernó cinco años por cada cuatro de legislatura. X lo celebró con un par de cafés con churros. Pagó con un billete de cinco y no esperó el cambio.

Ahora me queda una duda: si lo importante no es que la gente se crea las mentiras, sino que piensen que son verdad y las repitan disciplinadamente, entonces, decir que dos y dos son cuatro tendrá un precio. ¿Estarías dispuesto a pagarlo?

José Luis del Valle