El gobierno transitorio boliviano presidido por Jeanine Áñez ha eliminado tres ministerios. Entre ellos el Ministerio de Culturas, un organismo creado en 2009 ante la petición de los artistas e intelectuales bolivianos. En la rueda de prensa afirmó que era necesaria una revisión de todos los cargos innecesarios y gastos absurdos”, lo que provocó una ola de críticas de infinidad de personalidades de la cultura boliviana.

Se pone el justificante de que esos gastos superfluos que se ahorran irán destinados a luchar contra la crisis del Coronavirus. Hace unos días conocimos que dicho gobierno gastó 56 millones de Bolivianos (86% del presupuesto anual del Ministerio de Culturas) en 225 mil granadas de gas lacrimógeno, con el paradójico fin de “pacificar el país”.

La canallada que supone esta acción expresa el odio de un gobierno a su sector cultural, que siempre ha tenido dificultades históricas en este país latinoamericano, que es uno de los más débiles en cuanto a producción audiovisual del continente, y había visto como en los últimos años, las políticas activas de cultura había supuesto no solo una mejora en cantidad y calidad de los productos culturales bolivianos, sino también un democratización en el acceso a los mismos. Nunca ha habido más películas hechas en Bolivia que en la última década, ni más gente yendo al cine.

Eliminar los mecanismos que hacen al Estado promotor de la cultura lo convierte en una maquinaria menos democrática. La cultura no es solo que abran el Museo del Prado, también es una radio local o un concierto en una sala pequeña. En España desde hace años vivimos un ataque constante de ciertos sectores políticos a gremios culturales como el de los actores y actrices, señalando nombres concretos que todos conocemos. Pero cada vez que se señala a una personalidad de la cultura están señalando también al técnico de sonido de una sala o al operador de cámara de una serie española.

Iván Espinosa de los Monteros, portavoz de la ultraderecha en el congreso y de la ineptitud en el pensamiento, tuvo a bien afirmar en un encuentro con representantes del sector empresarial que le costaba creer que el cine era cultura, que este término se aplicaría a disciplinas como el ballet, la ópera o la escultura. A parte de la terrible idea clasista que subyace (solo es cultura lo que los ricos nos podemos pagar), el desprecio a un sector cultural vital, que siempre ha subsistido con todas las dificultades habidas y por haber, es terrible. No es un desprecio a los “progres subvencionados”, es un desprecio al modo de vida de miles de personas en este país.

Ignacio Navío