A menudo las personas no nos damos cuenta de lo «esencial» que es una cosa en nuestras vidas hasta que carecemos de ella.

Pues sí, el bar en un pueblo como el mío es un servicio esencial.

Un día entre semana en el mes de diciembre, a las siete de la tarde, cuando todas las persianas de las casas están bajadas, el olor del humo de leña quemada que sale de nuestras chimeneas es el que, a pesar del frío predominante, nos recuerda que el invierno está aquí presente, manteniendo las casas y las calles vacías, nada que ver con los gloriosos días de verano.

Abres la puerta del bar de tu pueblo y ¡sí! Ahí están las «abuelas» jugando a las cartas con su cortado encima de la mesa. Un vecino de cada una de las calles de nuestro pueblo ha coincidido hoy para tomar la cerveza. En la barra, apoyado, está explicando los litros de agua que hoy han llovido; otro comenta con orgullo lo bien que le ha quedado la cocina de la casa que están reformando en el pueblo de al lado, mientras nosotros dos compartimos entre risas las vivencias del fin de semana en la afición por la caza que tanto nos gusta.

Una noticia en la TV sobre el partido de fútbol nos ha desviado del tema que hablábamos durante unos minutos. Guerra pacífica acabamos de empezar sobre el polémico gol que te hace ver la diversidad de opiniones entre un niño de diez años y un «joven agricultor» de setenta años que aún disfruta de poder podar sus almendros.

Sí, somos un pequeño pueblo en el que el tomar algo en el bar hace que nos juntemos de todas las edades. Ese rato, en muchas ocasiones, es el que te alegra el día.

El reloj de la iglesia acaba de anunciar las nueve de la noche. Es curioso, pero como la mesa de las «jefas mayores» está levantando la sesión, todos hacemos lo mismo y nos despedimos hasta el día siguiente, a poder ser a la misma hora.

Hoy son las siete de la tarde de un día final de enero, la luz del bar está apagada y una mesa y una cafetera de cápsulas, colocada de manera improvisada en el salón de plenos, hacen de punto de reunión para que por lo menos ellas, nuestras mayores, se junten para jugar su partida de cartas.

Parece mentira, pero es cierto, en un pueblo el bar es un bien esencial, un recurso de primera necesidad, el punto de encuentro donde ver que todos los vecinos estamos ahí, y que si hoy no acude alguno tenemos que informarnos de que esté bien.

En pueblos como el mío, La Cañada de Verich, tenemos siempre una «gran dificultad» para encontrar gestores para este servicio. Facilidades económicas, ayudas en papeleo de inicio, son algunas de las muchas cosas que siempre se hacen para ayudar. Sabemos que hoy día la hostelería es difícil, pero una familia con ganas, ilusión y esfuerzo de trabajo tiene una gran oportunidad de modo de vida, tal y como nos lo ha demostrado la familia que hasta ahora ha venido regentando el servicio.

Una gestión efectiva en un ayuntamiento pequeño es difícil, ya que tenemos que sacar adelante infinidad de actuaciones y acciones con unos recursos limitados.

Me siento orgulloso de formar parte de este ayuntamiento, de trabajar para mantener mi pueblo vivo y, como en muchas ocasiones afirmo, «de los pueblos pequeños salen grandes cosas».

LUCAS BONO. Concejal del PP de Cañada de Verich. Correo del lector