Ayer me enfadé. «¿Te enfadaste?», me preguntaron con esa mezcla de sorpresa y reproche que reservamos para los niños que han roto algo valioso. Como si mis emociones fueran un desperfecto en la maquinaria perfecta de este mundo hiperoptimista que hemos construido.
Vivimos en plena dictadura de la felicidad. Una época donde enfadarse se ha convertido en un acto casi subversivo, donde las emociones negativas —así las bautizan los gurús del bienestar— deben ser exiliadas. La tristeza se combate con frases motivacionales copiadas de internet, la decepción con talleres de mindfulness que no son más que el «tómatelo con filosofía» de toda la vida, pero con certificado y música tranquila de fondo. «Sonríe, que la vida es bella», nos dicen, como si lo malo fuera a evaporarse entre los dientes solo por el hecho de estirar los músculos faciales.
Pues yo me enfado y defiendo el derecho a enfadarnos.
Y es que la ira está ahí por algo. Ha permitido que nuestra especie llegue hasta donde está sin que los depredadores nos convirtieran en aperitivo de domingo. La ira nos protegió cuando era cuestión de supervivencia y nos sigue protegiendo ahora cuando tu hijo adolescente deja los platos sucios por quinta vez esta semana. Te enfadas, y con ese enfado le estás diciendo que está violando las líneas rojas de la convivencia.
También sentimos ira ante las injusticias, y eso no es un fallo en la programación emocional. Es una voz interna que nos advierte que algo no está bien. Los derechos laborales no los conquistaron empleados sonrientes que pedían por favor una jornada de ocho horas. Los conquistaron trabajadores hartos, enfadados, que dijeron basta. Las mujeres no consiguieron el voto susurrando gentiles peticiones en los salones de té. Lo consiguieron mujeres furiosas que se plantaron ante el sistema. El enfado es la alarma que nos dice que algo necesita cambiar. Domesticar esa emoción hasta convertirla en un susurro complaciente no es evolución emocional, es lobotomía social.
Por eso hay que enfadarse, coño.
Porque el problema nunca ha sido enfadarse, sino hacerlo mal. La clave está en enfadarse en el lugar adecuado, en el momento preciso, con la gente apropiada y con la intensidad justa. Pero enfadémonos.
En un mundo que nos exige sonreír hasta cuando nos están pisoteando, enfadarse es el último acto de rebeldía que nos queda. Y quizá, solo quizá, el único que realmente importa.
Miguel Gardeta

