El lunes pasado, a partir de las siete y media de la tarde, el Sol se obscureció minuto y medio en España, como estaba calculado en los inmensos planes seculares del Universo.
En Caspe pudo verse ese fenómeno astronómico a partir de las ocho y media de un miércoles caluroso. Y es que la Luna, nuestro satélite, se interpuso delante del astro rey, y por un corto periodo de tiempo la luz del Sol no llegó a ciertos lugares de la Tierra, entre ellos nuestro Bajo Aragón histórico.
Asistimos, pues, a una cortísima "noche obscura", más corta que la que nos cuenta Juan de la Cruz en su bello poema de amor místico que termina diciendo: "Quedéme y olvidéme, el rostro recliné sobre el Amado, cesó todo y dejéme, dejando mi cuidado entre las azucenas olvidado". Circunstancia, el eclipse, esa "corta noche obscura", que muchos buscaron para amarse.
Para mí lo más espectacular de un eclipse es el hecho de que en horas en que debería lucir el Sol, se hace la obscuridad. Es ese "salirse de la regla", esa anormalidad, lo que inquietaba a los antiguos cuando no se sabían las causas de un eclipse, al desconocerse la matemática infalible y misteriosa del Universo, todo se achacaba al capricho de los dioses, interpretándolos como un hecho negativo e inquietante.
Yo, para "sentir el eclipse" más que verlo, me fui a un lugar desde el que suponía se vería el Sol, ya cercano al horizonte, sin obstáculos. Un lugar, sin embargo, habitual de mi cotidianidad: la carretera (ahora Avenida) de Chiprana, y frente al Visit Hotel.
Llegué antes del tiempo señalado para el acontecimiento, y pedí, en la barra del bar del hotel, un "Sol y sombra", que me pareció lo más adecuado para la ocasión. Y todo transcurrió como estaba escrito en el libro de los tiempos. Y, como pasa con tantas cosas de la vida, y al tener mucho cuidado con mirar al Sol más de lo debido pese a tener las gafas que se distribuían desde la Oficina de Turismo, sentí lo corto del fenómeno tan largamente anunciado y difundido.
Cuatro días antes, y a la misma hora que se debía obscurecer el Sol en el horizonte caspolino, se iluminaba el "lienzo de plata" del Teatro Cine Goya de Caspe por el estreno de la película documental Civán, que cuenta la historia de los regadíos en Caspe a través de la acequia llamada de la Civán, la que sirvió para crear esas huertas que se muestran y distribuir por ellas el agua del Guadalope.
Un audiovisual con hermosas imágenes que es, a su vez, un testimonio de la labor y talante de los agricultores caspolinos, a través de los cuales, en bien realizadas entrevistas, vamos conociendo la historia, vicisitudes y anécdotas, de esa acequia originaria del siglo XV, cuando fue concedido a Caspe el uso agrícola del agua del Guadalope, tras y como consecuencia del Compromiso.
La película continúa contando la historia de las huertas hasta el presente, en el que se están produciendo cambios sustanciales en el modo y uso del agua en la moderna agricultura.
Un documental, dirigido, montado y fotografiado por Miguel Lorén; ideado y patrocinado por la CECBAC, que guardará para el futuro, con dignidad y belleza, la historia de los agricultores de Caspe.
Alejo Lorén

