No me gustan los Javis, no trago «Paquita Salas» y jamás he tenido la valentía de terminar «La Llamada», quizás por pereza o porque no es una buena película, y eso mismo puede que haya sido un error por mi parte, al no seguir descubriendo más allá en su filmografía pero, cuando un director no es de tu agrado, es inevitable que no te sientas atraído por sus trabajos, por mucho que la crítica diga lo contrario.

Pese a mi negativa hacia sus proyectos, considero a los Javis buenos directores, creo que sé reconocer dónde hay calidad, a pesar de que sus obras no estén a la altura. Simple es el caso de cientos de grandes directores que a día de hoy no dan la talla, ¿verdad, Ridley…? Aunque cierta escrupulosidad en su escritura no termine de convencerme, su trabajo logra conectar con la audiencia de alguna forma mágica, sea cual sea su cometido, y eso no es nada fácil en el cine actual, lleno de una idiosincrasia y una falta de atención impensable. Por ello, una conexión entre el cineasta y el público es, seguramente, el elemento más complicado en cualquier proyecto; por ello me resulta sorprendente la atracción de la gente hacia sus películas.

Mi actitud frente a «La Bola Negra» era de desconcierto hace varios meses atrás, no era una de mis imprescindibles ni de lejos, estaba escondida, en el cajón, aguardando un mejor momento. Luego llegó Cannes, 20 minutos de ovación, Palma de Oro a mejores directores. España había asaltado la industria cinematográfica internacional y se había colado entre las mejores películas del año en un abrir y cerrar de ojos.

Entonces, mi interés creció, puede que también me hubiera sentido genuinamente atraído por los consecutivos fiascos que me había encontrado a lo largo del camino. Pudiera ser que esta obra iba a ser la que marcaría un 2026 liderado por la macroproducción histórica de Nolan.

La magia que se esconde detrás de «La Bola Negra» no es fácil de redactar ante una hoja en blanco que parece inabarcable ante tanto por escribir. Las palabras resultan insuficientes e insignificantes para poder describir mínimamente la sensación que uno tiene ante la oscuridad de cuyos créditos finales hacen de la sala una arrolladora cascada de lágrimas, procedentes de los débiles ojos cristalinos de ciertos privilegiados que han podido ver algo así.

Porque esta obra no es algo imponente o magnífico, no es una obra maestra, es algo más sencillo, directo, algo… único, algo que pocas veces se puede lograr presenciar en una sala de cine, algo que te hace reflexionar introspectivamente y socialmente, algo que existe porque debe existir, porque es necesario y porque es precioso.

«La Bola Negra» es, sin dudas, una masterclass en todas sus especificaciones técnicas. El poderío que maneja en cada uno de sus rasgos cinematográficos es algo que resulta difícil de creer. Un juego de astucia por parte de los Javis que logra llevar al límite todos sus apartados técnicos.

Una magistral dirección de actores que consiguen conectar con la audiencia, a través de un realismo humano. Desde Guitarricadelafuente hasta Penélope o Glenn Close, quienes consiguen transmitir tanto con tan poco. O la música que acompaña las escenas, preciosa en su sinfonía y lúgubre en su significado. Son características que hacen más potente el largometraje por encima del resto.

Son muchas las razones por las que creo que «La Bola Negra» es algo de otro mundo. Una historia reconstruida desde sus cimientos, tres historias que hablan de lo malo y bueno de la sociedad moderna y anticuada, un deseo que se entrelaza entre generaciones y lo bello que resulta poder vivir.

Un homenaje a Lorca, como si de una carta de amor se tratase, al arte y a la poesía, asimismo con la esencia queer, automáticamente pieza clave como símbolo de referencia y obra culmen de todo lo que representa la obra.

Correo del lector. Javier Climent Blasco. Alcañiz