En un momento social en el que los periodistas y los medios de comunicación tradicionales están cada vez más denostados, el periodismo nunca ha sido más necesario. Si a lo largo de los siglos el periodismo se ha ido adaptando al contexto que le tocaba vivir, evolucionando de acuerdo con los avances tecnológicos, el salto que ha supuesto la era digital ha sido vertiginoso. Tanto, que ha distorsionado si no casi fulminado el modelo de comunicación que conocíamos y daba estructura a las sociedades.

Desde el nacimiento de la imprenta, los sucesivos periodos históricos y los grandes acontecimientos que los marcaron no habrían sido lo mismo sin la existencia del periodismo, en cualquiera de sus formatos. De los primeros pasquines a los medios de masas, el periodismo, ejercido desde una pluralidad de medios, con libertad de expresión y responsabilidad social, ha servido para formar, informar y hacer evolucionar a las sociedades.

Si bien es cierto que en esta evolución han sido cruciales los avances técnicos, estos iban de la mano de los profesionales y los medios de comunicación, acompañándoles y ayudándoles en su tarea, pero sin perder de vista el objetivo principal: intermediar entre la noticia y los ciudadanos, comunicar con veracidad, rigor y responsabilidad la información a la que la sociedad tiene derecho, porque la información no es un derecho del periodista, sino del ciudadano. Y un ciudadano desinformado o mal informado es un ciudadano cautivo.

En estos tiempos en los que se orquestan manipulaciones de manera coordinada en ámbitos muy importantes y se niegan la verdad y los hechos es fundamental que el periodismo profesional haga su trabajo. Es imperioso, ineludible, que los periodistas y los medios hagan valer su capital de credibilidad y confianza por encima del llamado periodismo ciudadano, de la comunicación tóxica de las redes sociales, de las mentiras, las medias verdades y la posverdad, de la agitación interesada de determinados grupos y de los algoritmos que priorizan la indignación, el enfado, el odio y los «hechos alternativos».

Esta semana se ha debatido y mucho en el VIII Curso Nacional Especializado de Periodismo de Alcañiz sobre la importancia de rescatar el periodismo para que el ciudadano vuelva a buscar en los medios de comunicación la información precisa, contrastada, bien elaborada; para que vuelva a apreciar una historia bien contada, para que dude de esos mensajes que llegan a su móvil de chats de redes o enlaces de pseudomedios con supuestas informaciones que van directamente a las tripas, sin preguntarse si son verdad o no lo que le dicen, ni quién, por qué y desde dónde lo hace.

La gran periodista alcañizana Pilar Narvión (1922-2013) fue pionera en muchas cosas. Abrió el sendero para que otras mujeres, profesionales, siguieran su estela en un mundo, a mitad del siglo XX, cerrado de hombres. Hizo del oficio de periodista su vida, su pasión por encima de todas las cosas. Su extraordinaria personalidad, su dominio del lenguaje y su capacidad de análisis hicieron sus crónicas legendarias. Pilar, que se retiró en 1983, no llegó a usar las tecnologías del siglo XXI, pero auguró con lucidez que internet arrinconaría a los periódicos. Lo que no podía imaginar es que podría arrinconar, si la profesión no lo evita, también al periodismo.

Marta Garú. Periodista de Heraldo de Aragón, especializada en sucesos y tribunales