A menudo, la historia se esconde a plena vista, esperando a que alguien con la paciencia y el rigor necesarios sepa descifrar sus muros. Durante décadas, hemos subido al cerro de Pui Pinos convencidos de que las pinturas de la Torre del Homenaje eran una crónica local, un álbum de imágenes fragmentadas de los caballeros calatravos que gobernaron el Bajo Aragón. Sin embargo, el ambicioso proyecto de investigación que dirige el catedrático de Filología Latina José María Maestre, director del Instituto de Estudios Humanísticos, está dinamitando esa visión parroquial: lo que tenemos en el Castillo de Alcañiz no es un adorno de provincia, sino un relato histórico de envergadura internacional.
La investigación, otro paso más de un proceso de decodificación en el que Maestre lleva trabajando más de quince años, plantea que las escenas de la Torre representan episodios relacionados con la conquista de Gibraltar en 1309 y que, por tanto, lo que hasta ahora se concebía como una montaña es, en realidad, el Peñón del Estrecho. Durante años, estas pinturas habían sido objeto de teorías dispares; la nueva lectura propone que todas forman parte de un mismo relato coherente que sitúa como figuras centrales a Fernando IV de Castilla y Jaime II de Aragón, aliados en su ofensiva contra el reino nazarí de Granada. Que todo esto esté pintado en nuestras paredes es la firma de una ambición política y visual que llegaba a mil kilómetros de distancia.
Pero la decodificación de Maestre va mucho más allá del Peñón. En entregas anteriores ya había demostrado que lo que se tomaba por un trovador es el rey David, y que la célebre escena de El Salvaje y la Doncella ha dado un giro copernicano. El ser velludo no es un monstruo, sino el profeta Jeremías, y la joven es la Virgen de Israel celebrando el retorno del cautiverio de Babilonia. El conjunto mural resulta ser así un programa iconográfico unitario de extraordinaria sofisticación teológica e histórica, perteneciente al gótico lineal del primer cuarto del siglo XIV, mandado pintar, según Maestre, por García López de Padilla, maestre de Calatrava y protagonista de la toma del Peñón.
Este salto en la interpretación de nuestro patrimonio nos obliga a mirar el Castillo con ojos nuevos. Ya no es solo una fortaleza, es una cámara que guarda el registro visual de alianzas que cambiaron el tablero del Mediterráneo occidental. «Las pinturas dejan de ser alcañizanas y pasan a ser del mundo», ha subrayado el propio Maestre. El hecho de que una investigación nacida en Alcañiz sea capaz de reinterpretar la iconografía del Peñón de Gibraltar desde el Bajo Aragón es el mayor reconocimiento que podíamos recibir. Alcañiz fue, y sigue siendo, un nodo donde se cruzan los grandes caminos de la historia.
Sin embargo, este descubrimiento es también un aviso para navegantes e instituciones en el presente. No podemos permitir que el Castillo sea un gigante dormido o un simple reclamo turístico de paso. La investigación ha hecho su parte, ahora le toca a la gestión cultural estar a la altura. Gestionar este prestigio exige una ambición parecida a la de quienes plasmaron el Peñón en sus muros. Si hace más de setecientos años fuimos capaces de registrar desde este cabezo el destino del Estrecho, no hay razón para que hoy nos conformemos con ser una nota al pie en el libro de la modernidad. A veces, la mayor cura de humildad para una comarca que se siente pequeña es subir a su castillo y recordar que, en sus piedras, todavía late el pulso de un mundo que supimos conquistar y que apenas empezamos a comprender.

