La obra La cura de la demencia, realizada entre 1474 y 1485, primer cuadro conocido del Bosco, podría reflejar la metáfora visual y artística del presente de la humanidad, cinco siglos y medio más tarde. Un supuesto «doctor» —con un embudo de la sabiduría al revés, lo cual alude a la falsedad y la estafa— trata de extraer quirúrgicamente las «piedras de la locura» a un crédulo sujeto. Una monja, con un libro sobre la cabeza, símbolo de la Medicina, observa la escena, como testigo asombrada de las estúpidas y ridículas creencias humanas.
El charlatán del bisturí personifica a los Trump, Bolsonaro y otros de la misma cuerda; el paciente es la humanidad del siglo XXI; las inexistentes piedras de la locura son, simplemente, el dinero a manos llenas que esos dictadores de pacotilla y, por el momento, sus sostenedores, las grandes corporaciones tecnológicas, sacan de todas partes para sus respectivos bolsillos. Y la monja de la medicina es la esperanza de un futuro. Claro, solo si abandona su pasividad y entra en acción para salvar al paciente, cuyo bolsillo ya está vacío: el Bosco lo sugiere con esa bolsa atravesada por un puñal.
Quizá estamos llegando a un punto de inflexión: en el mundo se alzan algunas voces contra las actuaciones de los nuevos dueños de la granja global de Orwell, los cerdos convertidos en especie hegemónica.
Sándor Márai, el brillante novelista húngaro de mediados del pasado siglo, reflejaba en un párrafo de su novela El último encuentro una impresión pesimista, pero abierta al cambio, que muestra el talante que compartimos muchos observadores de la política internacional. Dice así: «Quizás las luces del mundo se apaguen... quizá ocurra otra catástrofe natural, mayor aún que la guerra, quizá haya madurado algo en el alma de los seres humanos, en el mundo entero, y se esté ya discutiendo y arreglando, confirmo o no, todo lo que hay que discutir y arreglar. Hay señales que así lo indican. Es posible que así sea».
Otro escritor, este actual, Salman Rushdie, escribe: «Oscuridad es la palabra que define este presente. Pero también ocurre que los libros, la lectura, la narrativa, la poesía o el ensayo pueden ser una forma de resistencia y supervivencia». Siempre nos queda la esperanza… Un cambio lo suficientemente amplio y firme para incluir la cuestión del estado alarmante del propio planeta, que no tengamos que recitar: «Cuando hayáis cortado el último árbol/ envenenado el último río/ vaciado de peces los mares/ contaminado las aguas más profundas de los océanos/ matado el último animal y envenenado la atmósfera que nos rodea/ os daréis cuenta de que el dinero no se come».
¿Hay lugar para la esperanza? Sería pasar de la distopía a la utopía. Lo cual, como indica la propia palabra, es ir hacia un no-lugar. Algo imaginario, pero también un objetivo noble y hermoso, un ideal, un anhelo. Solo poder plantearse su posibilidad constituye un primer paso.
Por ejemplo, se está produciendo un cambio de actitud europea frente al «matón de la clase», Trump, que quizá altere la prepotencia de Putin y las expectativas astutas de China y su líder Xi Jinping. El asunto de Groenlandia y el levantamiento de Minneapolis han sido las agujas que, de momento, deberían desinflar el globo del presidente. En la pasada cumbre de Davos se produjo otro «pinchazo»: frente al habitual apaciguamiento temeroso, la respuesta de rechazo, clara, firme y dura, incluso en países donde domina la ultraderecha, muy afín a Trump.
Las palabras de Macron levantaron el banderín de enganche europeo: «Preferimos el respeto a los matones; la ciencia al conspiracionismo; el Estado de derecho a la brutalidad». Intervención suplementada por el primer ministro belga: «Una cosa es ser un vasallo feliz; otra es ser un esclavo miserable. Demasiadas líneas rojas han sido cruzadas... si reculamos ahora perderemos lo más importante en una democracia: la dignidad».
Pero eso son palabras y Trump solo se escucha a sí mismo. Más directos han sido los movimientos bursátiles y financieros a la baja por el miedo a la ruptura del equilibrio, precario, de la situación geopolítica-económica.
En esa situación se está produciendo un fenómeno curioso: un transformismo político que está desconcertando al ciudadano, que ya no sabe hacia dónde dirigirse y qué ideario adoptar afín a sus propias tendencias. Los progresistas de izquierdas están siendo desorientados por nacionalistas e independentistas, en esencia más afines, pero con talantes autoritarios y xenófobos.
Es un desconcierto que heredamos del siglo XX, cuando la izquierda gozaba de los claveles en Portugal y se hundía en los pantanos de la guerra de Vietnam y Camboya, enfrentados a un dilema íntimo. Ese imperialismo está regresando y de forma múltiple (Trump, Putin, Xi Jinping), aunque en esencia nunca había desaparecido. EE. UU. sigue siendo imperialista y siempre lo ha sido: no queda otro recurso que aceptar la lógica maquiavélica de la política, el llamado mal menor.
Por si esto les parece estrambótico, analicen las situaciones políticas de Cataluña o el País Vasco —por no mencionar a la Comunidad de Madrid— y los programas de izquierda en el maremágnum falto de respeto y diálogo inteligente en los parlamentos y foros públicos. Algo semejante ocurre en Bélgica, Inglaterra, Países Bajos, Alemania o Italia.
El mundo parece dirigirse hacia la fachosfera ante el pavor y la ineficiencia de los que sueñan con un mundo democrático donde aún rijan los derechos humanos, la libertad y el Estado de derecho.
¿Cómo cambiar el vector de la historia desde la distopía a una posible utopía, siempre lejana, pero factible tras un largo proceso? A través de las movilizaciones ciudadanas, las redes de complicidad tejidas en la oposición cívica en defensa de los derechos humanos. En los Estados Unidos de Trump, la situación de Minneapolis y la actuación brutal e ilegal de los agentes de la ICE ha encendido la mecha.
Restaurar el modelo colonialista y dictatorial en el mundo de hoy es una tendencia clave, avalada por los dueños y servidores de las corporaciones más ricas del planeta: las nuevas tecnologías y la IA. Nuestro orden global está herido gravemente por un expansionismo que resucita formas de actuación inhumanas, amparadas por la ley de la fuerza y el capitalismo salvaje.
Si los partidos de centro y de izquierda abandonaran las medias tintas y apoyaran una movilización ciudadana con brío y claridad, incluso personas afines a la derecha acabarían por comprender que esto no es una lucha de clases del siglo XX. En caso contrario, nos veremos todos, juntos, como corderos hacia el matadero, vencidos por una fuerza brutal que carece de ideología y de moral.
Como decía Dickens, el dinero no tiene ni patria, ni ideas, ni religión o filosofía. Es una fuerza abrasiva que domina el mundo: una dictadura plutocrática y tecnológica. La utopía no consiste en ir hacia «1984» o «Un mundo feliz», sino en que la comunidad humana se rebele a favor del establecimiento firme de los valores democráticos. Esto se llama utopía.
Alberto Díaz Rueda.


Amplio contenido de reflexión…pero con una hipermetropía que lo invalida todo.
Si estando en la granja no se puede identificar los cerdos, si estando amenazados por el bisturí no sabemos identificar al loco que lo empuña y dirigimos la mirada hacia al horizonte lejano, si…
… No hay utopía posible, sino conformismo con el pesebre de los nuevos sacerdotes, el nuevo “Pueblo de Dios” a su medida, y las nuevas cruzadas, con su dirección y su promesa de un cielo futuro, que siempre será futuro y nunca presente.
Tanto y tan buen armamento intelectual…para errar el tiro de una manera tan burda.😈
¡Salud!