Estos días media España paga por pasar miedo: entradas para el pasaje del terror, maratones de películas de zombis, calabazas de plástico a 4,99. Es el negocio del miedo más honrado que existe: sabes que es de mentira, sabes cuánto cuesta y sabes que a medianoche, o más tarde, se acaba. Los demás no avisan.

Para entender a los que no avisan, propongo un viaje al siglo XIX, edad de oro de un pánico muy concreto: que te enterraran vivo.

Pónganse en situación. Caja de pino, un par de metros de tierra encima, oscuridad absoluta y la sospecha de que el médico que firmó tu defunción se fio más del ojo que del estetoscopio. Aquellos médicos no eran tontos, pero tenían pocas herramientas: un pulso débil, una respiración que no empañaba el espejo, un ataque de catalepsia… y ya había un difunto más. Los casos reales fueron pocos. Pero para que algo dé dinero no hace falta que sea frecuente; basta con que sea contable. Y la prensa lo contaba: tapas arañadas por dentro, uñas rotas, cadáveres que aparecían boca abajo al exhumarlos.

El miedo subió a las mejores casas. Poe le dedicó «El entierro prematuro» en 1844, con un narrador que se fabrica una tumba a prueba de despertares. George Washington, en su lecho de muerte, pidió que no lo enterraran hasta pasados tres días. Chopin rogó que le abrieran el cuerpo antes de darle sepultura, para no despertar bajo tierra; por eso su corazón acabó viajando a Varsovia en un frasco, mientras el resto se quedaba en París.

Y donde hay miedo, hay oportunidades. Se patentaron ataúdes de seguridad para todos los bolsillos: con campanilla atada al dedo del difunto, con tubo para respirar, con banderita que asomaba a la superficie, con ventanilla y hasta con despensa, por si la espera se alargaba. En Alemania se construyeron «casas de espera» donde los muertos aguardaban tumbados, hasta que el olor confirmaba lo inevitable. En Londres se fundó una asociación para la prevención del entierro prematuro.

Por cierto: esa explicación de que «salvado por la campana» viene de los ataúdes, que circula por internet, es falsa. La expresión procede del boxeo. Pero fíjense qué curioso: dos siglos después, el bulo del miedo sigue vendiendo más que la verdad.

Porque el esquema no ha cambiado. Primero, un riesgo real pero pequeño. Segundo, alguien que lo cuenta en grande. Tercero, alguien que te vende la campana. Cambien el ataúd por el político que promete protegernos de aquello que él mismo nos ha enseñado a temer. La pregunta no es si el peligro existe, sino quién ha decidido cuánto miedo debemos tenerle. Y quién factura la diferencia.

Así que esta Noche de Difuntos disfracémonos, veamos la de zombis, comamos huesos de santo y pasemos todo el miedo que queramos: ese, al menos, lo elegimos. Pero cuando se apague la calabaza, hagámonos la pregunta que casi nadie se hizo en 1850. No si están vivos o muertos. Sino quién cobra cada vez que suena la campana del miedo.

Miguel Gardeta