Después de más de una década de promesas, retrasos y exigencias ciudadanas, el nuevo hospital de Alcañiz se prepara para comenzar a prestar servicio en junio. Se trata, sin duda, del proyecto de infraestructura sanitaria más ambicioso del Bajo Aragón Histórico, con una inversión total que supera ya los 107 millones de euros. Un hospital moderno, triplicando la superficie del centro anterior, que promete atender con mayor calidad y dignidad a una población de 75.000 personas.

Sin embargo, la inauguración llega envuelta en un claro contraste entre la excelencia del continente y las incertidumbres del contenido. El nuevo centro cuenta con equipamiento de última generación, un diseño arquitectónico pensado para humanizar la atención, y mejoras largamente esperadas como la inclusión de una UCI, una unidad de hemodiálisis propia, hospitalización de salud mental, más quirófanos y paritorios, y un helipuerto preparado para vuelos nocturnos. Todo esto supone un salto cualitativo en la oferta sanitaria de la comarca.

Pero, como suele suceder en el territorio, la piedra angular sigue siendo la misma: la falta de personal médico especializado. El Colegio de Médicos de Teruel lo dejó claro en su reciente estudio: una veintena de plazas del nuevo hospital ya se consideran «de muy difícil cobertura», una cifra preocupante sobre un total de apenas 104 profesionales. La situación se agrava al saber que, a día de hoy, aún no se ha iniciado el proceso de contratación para los médicos intensivistas de la UCI, y no se ha detallado un plan claro para reforzar otras especialidades que arrastran déficits estructurales desde hace años.

¿De qué sirve tener una infraestructura de vanguardia si no se puede poner en marcha plenamente por falta de profesionales? El anuncio de ofertas de empleo para enfermería circulando por redes sociales, compartido incluso por sanitarios de otras provincias, muestra la urgencia con la que se intenta tapar vacíos.

Las soluciones improvisadas no bastan ante un problema crónico que requiere planificación estructural, incentivos atractivos para el personal médico, y voluntad política para resolver un desequilibrio que afecta de forma directa al derecho a la salud en zonas rurales. El avance es real y debe celebrarse, pero no puede ser utilizado como cortina de humo. La sociedad bajoaragonesa necesita un hospital que funcione, no solo que se inaugure. La apertura por fases puede ser una estrategia razonable desde el punto de vista técnico, pero es vital que vaya acompañada de transparencia, información clara a la ciudadanía y, sobre todo, compromiso real con la dotación de personal.

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