Los discursos de odio siempre han estado ahí. Su transmisión y difusión se han ido adaptando a las realidades materiales de cada momento, pero bien es cierto que, desde la aparición de internet, y más concretamente el uso masivo de redes sociales, no han hecho más que aumentar, acelerar y amplificar todo el aparato propagandístico de quienes impulsan los discursos de odio.

A través de Tik Tok, Twitter, Youtube… se aprecia una maquinaria de desinformación perfectamente engrasada, que perfila la retórica populista para esparcir bulos, noticias falsas y discursos de odio sin ningún miramiento alguno.

Esta circunstancia la exprime al máximo posible la derecha radical europea, que, en connivencia con las grandes empresas propietarias de estas redes, planifican estrategias de difusión, organizan la extensa red de agitadores y fachatubers.

Por desgracia este verano hemos podido ver ejemplos todos los días; A nivel europeo, la campaña de desprestigio sobre la boxeadora argelina Imane Khelif orquestada desde Italia, y que mucha gente difundió, sobre su composición genética y negando su condición de mujer.

Y ya en un ámbito más doméstico, el linchamiento en redes que sufrió la familia del menor asesinado en Mocejón, municipio de Toledo, por desmentir las informaciones que se daban sobre el caso y pedir calma.
Todas estas campañas de desinformación explotan el componente emocional como principal estrategia del manual de comunicación ultra. Normalmente son varios colectivos sociales en los que ponen el foco, desde las personas migrantes hasta el colectivo LGTBIQ+, son víctimas de esta estrategia de deshumanización perpetrada por el fenómeno ultra. Estos grupos también enarbolan la bandera del negacionismo climático y las leyes de violencia de género.

Los más preocupante de todo esto es que los jóvenes son víctimas de esta atmósfera intoxicada por la desinformación y las falsas proclamas ultras.

Para atajar este problema creciente, las empresas de internet deberían corresponsabilizarse por las imágenes y palabras que se difunden en sus redes, al igual que ocurre con la prensa, la educación debe tener un papel fundamental a la hora de frenar los discursos de odio, y sobre todo se ha de asegurar la construcción de una sociedad inclusiva en la que nadie pueda sentirse aislado fomentando su radicalización.

Daniel Palomo. IU Alcorisa