En la antigua Roma, en el anfiteatro del Coliseum, la lucha de gladiadores era una de las actividades de diversión más destacadas. Tras el combate, sobre el vencido el público pedía el indulto gritando ‘missio’ y agitando un extremo de la toga o un pañuelo, mientras que para solicitar la ejecución gritaba ‘iugula’ (degüéllalo) y haciendo con el pulgar el mismo gesto de degollar que se hace hoy en día. Estos eran los mismos que haría el emperador o el promotor del evento en cuestión.
Miles de espectadores en las recientes carreras de Fórmula 1 de Madrid gritaron con auténtico frenesí: "Pedro Sánchez, hijo de puta". Además de acompañado con carteles y pancartas con el mismo insulto. Salvando las distancias, todos estos lamentables hechos me recuerdan la actuación del público en el Coliseo en Roma tras la lucha de gladiadores, que pedía "iugula". ¡Qué nivel de degradación, de crueldad, de miseria moral hay tras esas palabras! ¿Somos conscientes de la pandemia de odio que está corrompiendo nuestra querida España?
Como sabemos, quienes tienen el copyright de esta frase son los que alardean de patriotismo. Un patriotismo excluyente. Entre todos esos que en las carreras de Fórmula 1 en Madrid, o en los pregones de las fiestas de muchos pueblos gritan con gran jolgorio «Pedro Sánchez, hijo de puta», pienso que habrá muchos padres y madres de familia. Si sus hijos los escuchan, les hago unas preguntas muy claras: ¿Qué pensarán sus hijos? ¿Esos son los valores que les quieren transmitir? Les insto con todo el respeto a que reflexionen un poco.
Con actuaciones como la descrita se explica que una pandemia de odio se expanda inexorablemente. Lamentablemente ya está aquí y pienso que va a quedarse. Me da igual que sea el odio dirigido a Pedro Sánchez, lo diría igual si fuera a Feijóo o Abascal.
Yo, como Carolin Emcke, periodista alemana, en su libro «Contra el odio. No quiero que el nuevo placer de odiar libremente se normalice» (2022), me pregunto cómo algunos, cada vez más numerosos, son capaces de sentir ese odio. Cómo están tan seguros. Para odiar hay que tener seguridad. De lo contrario, no hablarían así, no harían tanto daño. Ni podrían humillar, ni despreciar a otros de ese modo. Están seguros. Ni la más mínima duda. Odiar requiere una certeza absoluta.
Ahora se odia abierta y descaradamente. Sin reparo alguno. Incluso se alardea de manifestarlo en unas carreras de coche o en unas fiestas. El odio en Internet se oculta tras un pseudónimo, ahora se muestra ya en público, a cara descubierta.
El odio no es individual ni fortuito. No es un sentimiento difuso manifestado de repente, por descuido o por una supuesta necesidad. Es colectivo e ideológico. No se manifiesta de pronto, se cultiva. ¿O no es cultivarlo el emitir palabras como «hay que cazarlos uno a uno», cual si fueran bestias, o decir, como ha dicho ahora mismo un político, que los llegados a Ceuta no son emigrantes que vengan a trabajar, vienen a enfrentarse a las fuerzas de orden público?
Naturalmente que el odio se cultiva, se siembra. Y luego germina. Es inconcebible que el discurso público se haya embrutecido de tal manera y que las personas puedan ser víctimas de un acoso tan brutal. Mas, no quiero, como supongo no debería querer tampoco nuestra sociedad, si es una sociedad sana, que el placer de odiar libremente se normalice. Nos jugamos mucho en ello.
El odio solo se combate rechazando el contagio. Hacerle frente con más odio es lo que quienes odian quieren. No les hagamos el juego. Lo que no podemos es permanecer indiferentes.
¿Qué es la indiferencia? Etimológicamente, la palabra significa "sin diferencia". Un estado extraño y antinatural en el que las líneas se desdibujan entre la luz y oscuridad, al atardecer y al amanecer, crimen y castigo, crueldad y compasión, el bien y el mal. ¿Cuáles son sus caminos y sus consecuencias ineludibles? ¿Es una filosofía? ¿Hay una filosofía de indiferencia concebible? ¿Puede ser considerada la indiferencia como virtud?
¿Es necesario a veces practicarla simplemente para mantener la cordura, vivir normalmente, disfrutar de una buena comida y una copa de vino, mientras el mundo que nos rodea experimenta agitaciones desgarradoras? Por supuesto, la indiferencia puede ser tentadora, e incluso, seductora. Es mucho más fácil apartarse de la mirada de las víctimas. Es mucho más fácil evitar tales interrupciones abruptas en nuestro trabajo, nuestros sueños, nuestras esperanzas. Es, después de todo, incómodo, problemático, estar involucrado en el dolor y desesperación de otra persona.
Sin embargo, para la persona que es indiferente, su vecino o vecina no tienen ninguna importancia. Y, por lo tanto, sus vidas no tienen sentido. Su dolor oculto o incluso visible no interesa. La indiferencia reduce al otro a una abstracción lejana. En cierto modo, ser indiferente al sufrimiento es lo que deshumaniza al ser humano.
Mas, muchos españoles no solo son indiferentes ante el odio esparcido a determinados colectivos, sino que incluso parece que se regocijan con él. Y luego lo manifiestan votando a determinadas fuerzas políticas, auténticas máquinas de sembrar odio. Lamentablemente estamos observando que el odio tiene una rentabilidad electoral. Cuanto más odio, más votos. Es muy grave.
Exprofesor de secundaria jubilado
Cándido Marquesán. Exprofesor de secundaria jubilado

