La previsión de alcanzar ocho millones de litros de aceite en el ámbito de la DOP Bajo Aragón abre una campaña marcada por una contradicción preocupante. Los precios de venta bajan mientras los costes de producción siguen presionando al agricultor. Después de meses de escasas precipitaciones, recoger una cosecha aceptable tampoco garantiza unas cuentas rentables. La continuidad del olivar necesita actuar sobre esa fragilidad.

El territorio tiene en la calidad una herramienta para defender su aceite y mejorar los ingresos de quienes lo producen. El prestigio de la empeltre, el cuidado de la elaboración y la garantía de origen deben traducirse en un mayor valor comercial. Para conseguirlo hace falta explicar mejor al consumidor qué compra y qué trabajo sostiene con su elección.

Asimismo, la venta directa merece un impulso decidido. Cooperativas y almazaras necesitan apoyo para mejorar sus tiendas digitales, facilitar los pedidos y reducir los costes de distribución mediante acuerdos conjuntos. La colaboración con la hostelería, el comercio y los alojamientos del territorio permitiría ampliar los puntos de venta y convertir a los visitantes en clientes habituales. Estas vías deben contribuir a que una mayor parte del valor del aceite permanezca en los pueblos.

Por otra parte, la estabilidad de las explotaciones también requiere avanzar en los regadíos. Las administraciones deben agilizar los proyectos viables y respaldar su financiación, con criterios de disponibilidad de agua y eficiencia. Modernizar instalaciones y reducir el gasto energético resulta esencial para que el riego mejore los márgenes del productor.

El futuro del olivar bajoaragonés urge inversiones y una estrategia comercial compartida. Defender su calidad, vender mejor y disponer de agua con garantías son prioridades para sostener las explotaciones y facilitar el relevo generacional.

Editorial