Cuánto se habla estos días sobre lo que está pasando en Ceuta y lo poco sobre lo que sentimos.

Acostumbrados a que nos dirijan hacia un razonamiento polar, nos hemos dividido entre quienes se manifiestan a favor de los ceutíes que se sienten sobrepasados y atemorizados y quienes lo hacen a favor de los migrantes que buscan una oportunidad, como si fuera incompatible albergar un mismo sentimiento hacia todos: amor u odio, aceptación o rechazo, verdad (la mía, siempre la mía) o mentira (la de los otros, siempre la de los otros).

Pero no es necesario elegir entre el sufrimiento de los migrantes y el de los ceutíes.

Si queremos tener una mirada más humana y menos política del conflicto, voy a recurrir a una palabra que normalmente genera cerrazón en quien la escucha porque se relaciona con un buenismo vacío; pero no dejes de leer, vale la pena hacer el esfuerzo de no cerrar tu mente ni tu corazón: se trata de la compasión.

Aprovecha esta ocasión para dedicar un rato a reflexionar no sobre lo que crees y piensas, sino sobre cómo te sientes ante la desgracia ajena.

Si ves un cachorro de perro abandonado en una calle, pongamos en La Fantasma de La Fresneda, sin recursos para sobrevivir, ¿qué sientes? Es posible que inicialmente pena, lástima por un ser con pocas posibilidades de salir adelante por sí mismo y después compasión y ganas de hacer algo por paliar su sufrimiento, llevándotelo a casa o a una asociación para que lo acoja y proteja.

Y si ves una cría humana abandonada en la calle, pongamos una del polígono industrial del Tarajal de Ceuta, sin recursos para sobrevivir, entonces, ¿sientes lo mismo que por el cachorro de perro? ¿O sientes temor y rechazo?

No sé en qué momento hemos aprendido a mirar a los migrantes antes como un problema que como personas, además vulnerables.

Duele el alma al ver cómo las manifestaciones de apoyo a los ceutíes se convierten en proclamas de rechazo a los migrantes: ¿cómo se puede sentir compasión hacia unos y, a la vez, indiferencia, cuando no crueldad, hacia otros?

Se puede sentir compasión hacia los ceutíes que ven sus recursos sobrepasados y su seguridad amenazada, porque también ellos sufren: es posible que, en su búsqueda de medios para sobrevivir, los migrantes lleguen a cometer actos que superan los límites de la convivencia. Sentir comprensión no significa justificar ni, por tanto, eludir la acción de la justicia.

No podemos culpabilizar a nadie por el mero hecho de sufrir. Pero tampoco debemos aceptar el hecho de que, porque esté sufriendo una persona, su conducta se convierta automáticamente en justa.

No deja de ser merecedor de compasión el migrante porque haya cruzado la frontera ilegalmente, igual que no deja de ser merecedor de compasión el ceutí que reclama el control de la frontera.

Si la pregunta fuera qué podemos hacer para que disminuya el sufrimiento de ceutíes y migrantes, quizá la respuesta no sea sencilla. Pero hay algo que sí podemos hacer individualmente: dejar de elegir quién merece nuestra compasión y atrevernos a mirar el sufrimiento del otro sin que nuestras creencias nos impidan verlo.

Y, socialmente, buscar soluciones que protejan simultáneamente la dignidad de quien llega y la seguridad de quien recibe.

Después de todo, puede que no podamos hacer nada por paliar el sufrimiento de ceutíes y migrantes, pero posiblemente esto nos sirva para aprender a tener más comprensión y compasión hacia nuestras madres, nuestros hijos e hijas, los amigos o los vecinos.

Jose Luis del Valle. Bajo la intemperie