Este mes de marzo, el túnel de Valdealgorfa recupera el protagonismo mediático gracias al equinoccio. Es el momento en que la luz solar atraviesa sus más de dos kilómetros de longitud de extremo a extremo, una alineación técnica que hoy atrae a visitantes pero que, en origen, formaba parte de un ambicioso plan de infraestructuras para el Bajo Aragón. Más allá del fenómeno óptico, la historia de esta vía férrea es el reflejo de las dificultades de conexión que han marcado a la provincia de Teruel durante más de un siglo.
El ferrocarril de la Val de Zafán no fue un proyecto aislado. La vía nació con la aspiración de unir el interior peninsular con el puerto de San Carlos de la Rápita. Se proyectaron incluso enlaces entre Teruel y Alcañiz que habrían cambiado la estructura logística de la provincia, pero que nunca llegaron a ejecutarse por falta de presupuesto y voluntad política. La línea completa entre La Puebla de Híjar y Tortosa no se inauguró hasta 1941, tras décadas de obras interrumpidas por las guerras y las crisis económicas del siglo XX.
El declive de la línea no fue únicamente una cuestión de obsolescencia natural, sino el resultado de una política general de abandono de líneas deficitarias que RENFE aplicó de forma sistemática durante los años 60 y 70, y en la que el Val de Zafán no fue una excepción. El detonante concreto fue el hundimiento del túnel situado en la localidad catalana de Bot, que en 1971 obligó a interrumpir el servicio ferroviario. Durante los dos años siguientes, RENFE mantuvo un precario sistema de transbordos en autobús para cubrir el tramo afectado. Finalmente, en 1973, se decretó el cierre definitivo de la línea, una decisión que supuso la pérdida de la única salida directa de la comarca hacia el Mediterráneo.
Las consecuencias del cierre se dejaron sentir de inmediato en una comarca que ya arrastraba décadas de debilidad demográfica. El ferrocarril no era solo un medio de transporte, era el canal por el que salían las cosechas de oliva y almendra hacia los mercados, y por el que llegaban materiales y suministros a pueblos con escasa conexión por carretera. Su desaparición aceleró la sangría migratoria hacia Zaragoza, Barcelona y Valencia que ya estaba en marcha desde los años 50. Municipios como Valdealgorfa, Alcañiz o Maella vieron cómo la pérdida del tren coincidía con el cierre de comercios, escuelas y servicios, un encadenamiento de abandonos que marcó a toda una generación y que todavía hoy define la estructura demográfica del Bajo Aragón.
Hoy, más de cincuenta años después de aquel cierre, el uso de la infraestructura ha cambiado de naturaleza, pero no de importancia. La conversión de la plataforma en Vía Verde ha transformado un trazado de transporte de carbón y productos agrícolas en un eje de desarrollo económico basado en el turismo activo. Los datos de 2026 confirman que el Bajo Aragón está cerca de completar el proyecto original de sus precursores y es esa unión total con el Delta del Ebro a través de rutas ciclables que conectan Aragón y Cataluña.
La recuperación de estaciones como las de Alcañiz, Valdealgorfa o Cretas para usos hosteleros y culturales demuestra que la inversión en patrimonio industrial es una herramienta fundamental contra la despoblación. El Val de Zafán ya no transporta mercancías, pero sigue siendo un corredor vital para la economía de la zona. En este equinoccio de marzo, la luz en el túnel de Valdealgorfa no es solo un evento astronómico; es el recordatorio de que las infraestructuras, incluso cuando pierden su función original, siguen siendo la base sobre la que se construye el futuro de una comarca.
Jorge Herrero. Papel y pixel

