Veo pasar ante mis ojos ganados como los de antaño, surcando caminos retorcidos por las montañas del Maestrazgo. A mi lado, un grupo de moteros saca corriendo sus móviles para grabar; para ellos posiblemente puede ser de las primeras veces que contemplan dicho espectáculo. Ya son unos años los que llevo viviendo casi todo el año en uno de los parajes más privilegiados que se pueden encontrar, a medio camino entre los Órganos de Montoro y el nacimiento del Pitarque, un privilegio si se sabe valorar de la manera adecuada y un rincón de España que, por su situación, ha podido preservar como pocos la tradición y el valor de lo nuestro. Hoy en día, y dada la afamada ruta motera que atraviesa sus parajes, este territorio siempre aislado ha abierto una ventana a los forasteros, que no dejan de apreciar y admirar el singular valor de la zona.
Como apuntaba, tras unos años viviendo en la zona, uno va apreciando cada vez más el valor del territorio. A finales de abril, una romería como San Marcos, donde los vecinos de Villarluengo, Montoro y la contornada procesionan de una manera que no deja de sorprender, antigua como pocas y testigo privilegiado de costumbres bien arraigadas, me corroboró un vecino que hasta bien entrados los años setenta se debía hacer la romería descalzo para ser de la cofradía. Invito a los que no conozcan esta zona a que vean cómo son aquí las montañas y los caminos. Los cantos resuenan por los montes, se subastan banderas y báculos con generosas aportaciones. Pero a Villarluengo se le deben añadir otras tradiciones como el baile del reinau o la plantada del pino, con una iglesia monumental que asombra tanto como los territorios aledaños.
Lástima que todavía, pese a todo el cambio de mentalidad que se trata de inculcar, sean más los vecinos de catalanes y valencianos los que nos visitan que, por ejemplo, nuestros vecinos de la capital de Aragón, aunque estoy seguro de que vamos marcando la senda correcta para la revitalización y conocimiento de estos enclaves privilegiados. He vivido en Gargallo, Andorra, Alcorisa y ahora aquí; me cercioro de conocer el territorio en sus distintas versiones y, pese a todas las carencias, vamos haciendo poco a poco muchas cosas bien, dentro siempre de nuestras posibilidades y la lógica de un mundo manifiestamente hostil a las zonas rurales. Y pese a todo, ahí estamos y pensamos seguir estando, ofreciendo el privilegio de nuestra singularidad, en estas tierras que aún hoy y aunque de manera casi extinguida, acogen las últimas reminiscencias de la cultura masovera, el sabor de la tradición, la familia, el territorio y ese puñado de cosas que, unidas a unos paisajes únicos y a unos pueblos de piedra, convierten a esta zona en probablemente el último bastión de lo que fuimos.
Víctor Puch

