Hace años, cuando empecé a investigar sobre el uso problemático de Internet en jóvenes, muchos me decían que exagerábamos. Que eso de la «adicción a Internet» era una etiqueta alarmista, una forma de demonizar algo que había llegado para quedarse. Recuerdo bien esas conversaciones, casi siempre cargadas de buenas intenciones, pero también de cierta ingenuidad colectiva. Hoy, después de años de investigación, de datos acumulados y, sobre todo, de observar a jóvenes, familias y aulas, tengo claro que el debate nunca fue tecnológico. El debate era, y sigue siendo, profundamente humano.
Internet es una herramienta extraordinaria. Sería absurdo negarlo. Ha democratizado el acceso a la información, ha abierto oportunidades educativas impensables hace apenas dos décadas y ha permitido mantener vínculos a miles de kilómetros. El problema aparece cuando deja de ser una herramienta y se convierte en refugio, en anestesia emocional o en la única forma de relación con el mundo. Cuando la pantalla deja de ser una ventana y empieza a funcionar como un muro.
En nuestras investigaciones, realizadas con miles de jóvenes de distintos países, observamos un patrón claro y preocupante: no hablamos de casos extremos ni marginales. La mayoría no presenta una patología clínica en sentido estricto, pero sí un uso excesivo, persistente y difícil de controlar. Un uso que interfiere con el sueño, el estudio, las relaciones personales y el bienestar emocional. Dicho de forma sencilla: jóvenes que están conectados casi todo el tiempo, pero cada vez menos presentes en su propia vida.
Uno de los hallazgos que más me hizo reflexionar es que el problema no es solo cuánto tiempo pasan, o pasamos, en Internet, sino para qué y desde dónde lo hacen. Muchos jóvenes no se conectan por placer, sino por miedo. Miedo a quedarse fuera, a no responder a tiempo, a no existir si no están visibles. Lo que en investigación llamamos fear of missing out (FOMO). El miedo a perderse algo se ha convertido en un motor silencioso que empuja a revisar el móvil de forma casi automática. También sabemos que este uso problemático no aparece de la nada. Está estrechamente relacionado con el estrés, la ansiedad, la soledad, la baja autoestima o la dificultad para gestionar el aburrimiento. Internet no crea el malestar, pero lo amplifica y, al mismo tiempo, lo tapa. Ofrece una recompensa inmediata que calma a corto plazo, pero que a medio plazo deja más vacío, más cansancio y más dependencia.
Como sociedad, a veces caemos en una trampa peligrosa: culpabilizar a los jóvenes. Les decimos que «están todo el día con el móvil», como si fueran los únicos hiperconectados, como si fueran los únicos responsables de una situación que nosotros mismos hemos construido. Pero ellos han crecido en un entorno diseñado para captar su atención, para no dejarles desconectar y convertir cada notificación en una llamada urgente. Pedir autocontrol sin enseñar a regularse es, sencillamente, injusto.
Desde la educación y la familia tenemos una tarea sencilla de decir y difícil de hacer: estar, acompañar más y prohibir menos. Hablar de móviles, redes y pantallas con la misma naturalidad con la que hablamos de dormir bien, comer mejor o moverse un poco más cada día. Al fin y al cabo, el bienestar digital no va aparte, forma parte del bienestar emocional y social. Por tanto, no se trata de soñar con un mundo sin pantallas, porque ese mundo ya no existe. Se trata de recuperar la capacidad de elegir cuándo conectamos y cuándo no. Y que la tecnología esté a nuestro servicio, y no al revés. Que la pantalla vuelva a ser una ventana al mundo.
No podemos pedir a los jóvenes que se regulen solos en un entorno que ni siquiera nosotros entendemos del todo. Acompañarlos en el uso de la tecnología, con sentido común y presencia real, es parte de nuestra responsabilidad como sociedad.
Alberto Quílez. Profesor de la Universidad de Zaragoza y director de la Cátedra Caja Rural de Teruel - Fundación Térvalis


Hace ya al menos 60 años no había de todo esto que nombra, pero los zagales también nos «enjugescabamos» y no había otra cosa, se nos olvidaba hasta ir a casa y llegábamos tarde a comer o a recoger la merienda.
Que era diferente, pues claro, como diferentes serán las cosas dentro de otros cincuenta, seguramente en menos pues el mundo cada vez va mas rápido en todos los sentidos.
Los mayores también estamos enganchados a todo esto, pero somos mas torpes y no vamos a la velocidad de los jóvenes.
Como todo en esta vida, las cosas, unas veces se utilizan bien y otras mal. Cuando de muchachos jugábamos con la pelota, unas veces nos divertíamos jugando y otras dando pelotazos a los demás. Como la vida misma.