No, no es una broma. Tampoco es una hipérbole. Aunque por suerte no tiene que ver con ninguna lesión psicomotriz ni nada por el estilo.
La realidad es que todo se debe a un cambio de paradigma, de conciencia personal. En los últimos meses, la literatura ha marcado un antes y un después en mi vida, tanto en lo personal como en lo laboral. La publicación de mi libro sobre la historia de la selección española masculina de fútbol me ha traído una apoteosis de cosas buenas, pero también desveló una tara importante, acentuada gravemente en el momento de firmar algún ejemplar: mi caligrafía era terrible.
Yo pasé por todas las fases del luto cuando varias personas de mi máxima confianza me lo hicieron saber con el mayor tacto del que dispusieron. En un principio lo negué, aludiendo a que firmaba un gran volumen de libros en pocos minutos, y que era lógico que mi letra se resintiera. Posteriormente entré en la fase de la ira, recordando que los de mi generación habían abandonado la escritura a mano, bien por nosotros mismos o porque la sociedad nos empujaba a ello, desde prácticamente el fin del instituto; yo en todo caso era una víctima, no una persona a la que criticar.
Como todo, y tras un periodo de reflexión, puse el foco en mí y acepté el error, si bien no actué hasta mi cumpleaños, momento en el que me regalaron a modo de comedia un Cuaderno Rubio. Creo que desconocer la existencia de esta histórica marca española ya fue un argumento de peso para entender las carencias caligráficas que poseía.
Sin embargo, lo que empezó siendo una fantochada terminó por convertirse en un hábito que he ido madurando a fuego lento: no se me cayeron los anillos por aparcar unos minutos del día los próximos proyectos literarios que me traigo entre manos para repasar y repetir letras sin salirse de los huecos preestablecidos entre dos líneas paralelas, y así sucesivamente con todo el abecedario de nuestro rico idioma.
A día de hoy, sigo trabajando en mejorar mi caligrafía, y es que, tal y como se narra en El Poeta Halley del grupo Love of Lesbian, peino las palabras a mí manera como si fueran hijas únicas, porque todas son únicas.
*Esta columna no se ha escrito inicialmente ni con IA ni con ordenador, sino en una libreta a mano
Rubén G. Bielsa. Marasmos

