Europa, como la mítica princesa fenicia, ha sido humillada, ofendida, secuestrada, raptada, ninguneada... Y no por el padre de los dioses, Zeus, convertido en un enorme toro blanco que se la lleva como a una doncella montada en su lomo, con amorosas intenciones... Rembrant, Tiziano, Veronese y hasta Goya han realizado obras artísticas sobre el tema. En realidad quien quiere apoderarse de la Europa del siglo XXI es un sujeto basto, vulgar, obeso y prepotente que atiende –es un decir– al nombre de Donald Trump, tan chillón y desmedido como el pato de Disney y con el apellido de algo que se rompe en el mundo.

Con su insensata desfachatez habitual el presidente USA se ha atrevido a vaticinar que Europa se enfrenta a la desaparición de su civilización y sostiene que ello se debe a la inmigración y a una falta de política enérgica, con lo que mantiene que el continente sólo puede salvarse si los ultraderechistas se hacen con el poder en todos los países europeos.

Vivimos tiempos caóticos y crecientemente majaderos: el país que defendió a Europa de Hitler y los fascismos adyacentes, aconseja que regresen los bárbaros antidemocráticos a regir un conjunto de países que han llevado la democracia, la solidaridad, igualdad, moneda común, leyes y control parlamentario y los derechos humanos a su más acendrado logro histórico (sin olvidar sus defectos: la burocracia excesiva, el acartonamiento legal... entre otros). En la Nueva Estrategia de Seguridad Nacional, la Casa Blanca trumpista ha roto el lazo trasatlántico que había garantizado la paz desde la II Guerra Mundial y anuncia al mundo la mala nueva: se impone la ley de la fuerza, el recurso a la agresión y la guerra, el racismo, el sometimiento a una lógica masculina de supremacismo blanco con Dios de su parte como proclama el dólar.

Estados Unidos echa a la basura los principios de la democracia, la libertad individual, la igualdad entre las naciones, el respeto al estado de derecho. Con varias guerras en marcha, entre ellas en Oriente Medio y Ucrania, amenazas contra Hispanoamérica, algunos de sus países convertidos en una especie de «patio trasero» de EE. UU. al estilo de la Doctrina Monroe, con la excusa de la lucha contra la droga y la inmigración. La actual diplomacia europea aduladora y tolerante, ha sido un desastre que ha envalentonado al sátrapa de pelo rubio. El mundo ha dado un giro peligroso: cada vez de forma más evidente se percibe que el único y auténtico poder en el mundo es el de la minoría mega-capitalista, de la nacionalidad que sea. Es decir los homólogos de Trump que se esconden tras las siglas de las grandes corporaciones económicas.

Justamente el tipo y la clase de personas a las que pertenece de pleno derecho el señor Trump y los que le han llevado al poder bajo su bandera y valor máximo: el dólar. Es como si el Tío Gilito de Disney se hubiera hecho con el poder en el mundo y se entronice en todos los países, sin ningún tipo de decencia, la adoración al becerro de oro como máximo símbolo de una civilización que preconiza la brutalidad, la autoridad, el abuso y el poder absoluto de la fuerza sin trabas legales o morales.

El documento de Trump tiene razón: Europa –el mundo– afronta la desaparición de una forma de entender la vida y las relaciones humanas que han marcado la historia de la civilización del siglo XX. Y si no superamos nuestra condición de protectorado militar y colonia digital y buscamos la forma de plantar cara comunitariamente al nuevo Calígula americano... Europa dejará de existir como proyecto común.

Alberto Díaz Rueda