Leyendo el otro día, me salió la noticia de que, a las personas no españolas, para adquirir la nacionalidad española, además de otros requisitos (que, según quien sea, por ejemplo, un deportista de élite, se los pasan por debajo de la garra), tienen que hacer un examen.
Me fui a internet, que lo sabe casi todo, y le pregunté, y me dio todo tipo de explicaciones sobre el tema, e incluso el temario del examen.
Si para ser español de pleno derecho y tener derecho a votar hay que hacer este examen, ¡¡y aprobarlo!! Me atrevo a decir que, si nos ponen este examen a muchos de los españoles «con arraigo», o nos ponen a estudiar, o nos tienen que retirar el DNI. Pero voy más lejos, si se lo hicieran hacer a muchos de los que se pasan la vida dando el carné de español a su antojo, seguro que serían los primeros que se tendrían que reciclar y no estaría mal, pues así sabrían en qué y de qué manera se rige nuestra querida España y las animaladas que algunos cometen. Me aventuro a decir que a muchos cargos públicos también habría que reciclarlos y no digamos nada de los votantes. Sí, para votar, creo que es cosa muy seria, de las más serias que hacemos, pues decide la forma de país que queremos en cada elección, quién va administrar sus recursos, quién y cómo nos van a curar las enfermedades, cómo va a ser la educación de nuestros hijos y nietos, etc., etc., etc., y tenemos unas cuantas a lo largo de la vida. Hoy en día, para todo se requiere un mínimo de formación, ¿por qué a los votantes y elegidos no se les exige absolutamente nada, con lo importante que es lo que se decide?
Creo que es uno de los fallos más gordos de la democracia y no es fácil subsanarlo. Vale igual el voto de un patán (ojo, no se confundan, no estoy llamando patán a quien no tiene estudios, sino a los que define la RAE como tosco, zafio, grosero, maleducado, etc.) que el de un ilustrado (culto, educado, instruido, civilizado, etc.) y, entre ellos, muchos que también habría que ver cómo están de preparados para tomar montones de decisiones que afectan a la vida en común de todos y no produzcan daños colaterales.
La elección de los examinadores y los veredictos los dejaríamos a la IA. Humanos poco fiables.
Me pregunto, ¿qué pasaría con los que no aprobarían nunca? De momento, no podrían optar a cargos públicos, ni votar, ¿seríamos menos manipulables?
Se imaginan una noticia así: «en X, solo están capacitados para votar el 50% de la población, la otra… NO APTA».
Una quimera, una tontada, solo un artículo.
No a las guerras.
Pascual Ferrer


Qui no té faena, lo gat pentina.
«Tener mala baba». «Ser un mala baba». Son frases muy comunes, bastante utilizadas en nuestra sociedad.
Esta expresión muy usada en la dos Castillas, para referirse a un tipo de persona derminada, tiene sus equivalentes en otras regiones. Por citar algunas, en Andalucia, especialmente en Granada, dirian «tener mala folla», los catalanes, «tenir
«Tener mala baba». «Ser un mala baba». Son frases que significan lo mismo.
Esta expresión muy usada en la dos Castillas, para referirse a un tipo de persona derminada, tiene sus equivalentes en otras regiones. Por citar algunas, en Andalucia, especialmente en Granada, dirian «tener mala folla», los catalanes, «tenir mala bava» y la traducción al ingles sería «to have a bad temper», que es el equivalente a persona mal intencionada.
Se pude resumir el concepto de «la mala baba» castellana refiriendose a las ganas o la predisposición que algunas personas tienen de tocar los cojones a los demás con el único objeto de sabotear, menospreciar, vilipendiar, ignorar o ningunear las ideas o propuestas de otros.
Una cosa es tener mala leche y otra bien distinta ser un mala baba La «mala leche» se puede o no tener circunstancialmente, de ahí que sólo de forma incorrecta podamos calificar a alguien como tal en términos de ser o no ser. Los humanos tenemos todos sin excepción al nacer «buena leche»; son la vida y la relación con los demás las que luego van a ir marcando el grado de acidez de nuestro carácter y de nuestra inicial «buena leche». Sin embargo, por mucho que los elementos externos influyan en ese grado de acidez, lo cierto es que éste suele ser muy flexible, llegando incluso a darse en su grado máximo o desaparecer por completo, dependiendo de cada circunstancia vital concreta. Esta flexibilidad de la «mala leche» es la que permite la convivencia pacífica, el perdón y también la existencia del respeto entre los humanos, porque «oiga, un respetito es algo muy bonito» y parece evidente que en esta sociedad vale más en ocasiones que lo califiquen a uno de tener «mala leche» que de ser un «pollaboba».
La «mala baba» es algo totalmente distinto. No es una característica coyuntural asociada a la influencia de factores externos cambiantes, sino que, casi con toda seguridad, es un estado carencial innato e irreversible, determinado por una combinación genética desgraciada. Se nace con «mala baba» y ese estado se mantiene y perfecciona a lo largo de toda la vida. Es cierto que unas veces se exterioriza con más intensidad que en otras, dando así lugar al equívoco y a que los sujetos afectados pasen desapercibidos hasta que se dan a conocer de forma abierta y franca en la primera ocasión propicia que se les presente. La «mala baba» suele estar ligada a estados de honda amargura (ser un pelota es un síntoma precoz), complejos personales, miseria intelectual, mezquindad, envidia y, en general, combinaciones malsanas de las que sólo nos damos cuenta que existen cuando comprobamos la actuación de estos auténticos «hijos de… Satanás».
Resulta contradictorio que alguien que se dedicó a la educación de jóvenes, tanto en la escuela pública como concertada, donde se debería inculcar el respeto y el debate constructivo, recurra a insultos y descalificaciones tan viscerales. Al usar términos despectivos y escribir visiblemente hiperventilado para atacar a quienes discrepan, D. Cándido cae en la misma «mala baba» que critica, demostrando una falta de recursos argumentativos. Poner en evidencia esta incoherencia entre su antigua profesión y su agresividad verbal sin límite es la forma más contundente de restarle credibilidad sin necesidad de caer en su mismo nivel de hostilidad. Diálogo, diálogo ……..
«Por una mirada, un mundo,
por una sonrisa, un cielo,
por un beso… ¡yo no sé
qué te diera por un beso!»
¿Qué es poesía?, dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul.
¿Que es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía… eres tú.
Hoy la tierra y los cielos me sonríen;
hoy llega al fondo de mi alma el sol;
hoy la he visto…; la he visto y me ha mirado…
Te mando estas poesías, que tú tal como te expresas manifiestas un gran gusto por la poesía.
¡Hoy creo en Dios!
Ha demostrado sobradamente que es incapaz de sostener un debate sin recurrir al insulto, sin distorsionar el marco histórico cuando le conviene y sin refugiarse en evasivas retóricas de medio pelo ante cualquier crítica directa.
No responde a los argumentos sino que los sustituye por descalificaciones, reinterpretaciones interesadas y recursos literarios que no aportan nada al fondo del asunto.
Eso no es debatir. Es evitar sistemáticamente el contenido de lo que se le plantea y desplazar la conversación hacia donde no tenga que dar respuestas.
El resultado es siempre el mismo, cero respuesta al fondo del debate. Usted a lo suyo.
Peinando al gato, pienso, y creo que, tendría que leerse el temario.
Gracias.