La lucha por la igualdad entre hombres y mujeres no es un invento reciente, como tampoco lo es la reacción negacionista al feminismo y su lucha contra la violencia de género. A lo largo de la historia, el movimiento feminista ha transitado por diversas oleadas, enfrentando resistencias que han evolucionado con el tiempo. Como analiza J. S. Pérez Garzón en Historia del feminismo (2018), esta evolución ha estado marcada por avances y retrocesos, siempre en diálogo con las estructuras de poder. Su estudio, basado en los trabajos de Celia Amorós y Amelia Valcárcel, entre otras fuentes, ofrece una visión amplia de estas transformaciones.
La primera ola, el feminismo ilustrado (siglos XVII-XVIII), tuvo figuras clave como Poullain de La Barre y Mary Wollstonecraft, quienes cuestionaron la subordinación femenina y reivindicaron la educación como base de la igualdad. Olympe de Gouges, en su Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana (1791), exigió que los derechos nacidos en la Revolución Francesa incluyeran a las mujeres. La respuesta fue inmediata: se reafirmó que su lugar era el hogar.
A mediados del siglo XIX, el feminismo liberal sufragista (segunda ola) luchó por el derecho al voto y al trabajo con figuras como Elizabeth Cady Stanton, Lucretia Mott y Emmeline Pankhurst. La reacción conservadora las acusó de querer destruir la familia; sectores religiosos argumentaron que su lucha desafiaba el orden divino, mientras que discursos científicos justificaban su exclusión con teorías sobre su supuesta inferioridad.
En los años 60 del siglo XX, el feminismo contemporáneo (tercera ola) tomó impulso con Simone de Beauvoir y Betty Friedan, denunciando la opresión doméstica y exigiendo autonomía corporal e igualdad laboral. Junto a los argumentos anteriores surgieron nuevas resistencias: se acusó al feminismo de victimismo y de fomentar una "guerra de sexos". A nivel político y económico, se justificaron los techos de cristal y las desigualdades con supuestas diferencias naturales.
En el siglo XXI, algunos autores consideran movimientos como #MeToo y Ni Una Menos parte de una cuarta ola, enfocada en la denuncia de la violencia de género y la desigualdad estructural. Una nueva ola que se caracteriza por la participación masiva en las manifestaciones cada 8M, frente al negacionismo de la violencia machista que abandera la extrema derecha.
A pesar de todo, la lucha continúa. La igualdad real todavía está por conquistar. ¡Ni un paso atrás!
David Palacios. CHA / Utrillas

