El próximo jueves, 20 de noviembre, hace 50 años, falleció FF. Dejaba una España huérfana. No de él, pero sí de derechos humanos, de democracia, de libertad. Ahora se hace un esfuerzo –la magia de las fechas– por dar importancia actual a algo que en aquél tiempo –1975– la tenía y mucho. En 2025 solo conocimos esa historia en persona los que peinamos canas, los que fuimos a una Universidad sitiada por «los grises», los periodistas, escritores y artistas sometidos al lápiz rojo de la censura oficial y obligatoria, las broncas de los «chicos de Blas» con los «rojillos» desafectos al régimen... y los muchos jóvenes que, aunque no vivieron esa época, no tienen empacho en volver a propiciarla. Pero eso ellos no lo saben y quienes les empujan a ello –que tampoco lo vivieron como adultos– han convertido sus ideas en algo muy similar, dentro de esa inexplicable actual nostalgia de los fascismos.

Yo nací en 1946 y crecí bajo el signo de FF. Con toda la inocencia y las molestias de un niño y un joven que creen que ese tipo de sociedad era lo «normal», porque es «lo que hay», pero ve con estupor en su entorno una sociedad dividida, entre los que aplauden y los que tiemblan, sin saber muy bien por qué. La Facultad, las milicias universitarias y sobre todo la vida profesional –el periodismo– y los viajes al extranjero, me fueron mostrando las sombras del sistema y el carácter del problema cuyos tentáculos abarcaban a toda la sociedad española. Cuando un ‘megaentubado’ FF falleció –tras una lamentable secuencia de esfuerzos médicos y políticos por mantenerle aunque fuese en vida vegetativa– empezó el «ruido de sables» y los esfuerzos de los que estaban en el poder para seguir en él al precio que fuera.

A pesar de todo, los que querían el cambio lograron llevar a cabo la Transición, que últimamente ha cosechado muchas críticas. Creo que es un efecto de la Mala Memoria de muchos. Algunos sectores de derechas o izquierdas tratan de hacer olvidar o de no informar debidamente sobre aquella época difícil, oscura, heroica y bajo el signo de las venganzas, con manifestaciones, asesinatos políticos, terrorismo de amplia base –incluida ETA– y los nostálgicos que vivieron –nunca mejor dicho– del Régimen que mantenía a régimen de miedo y opresión a una sociedad esquilmada por una guerra civil y otra guerra mundial. Hasta casi dos años más tarde –en 1977– no se firmaron los Pactos de la Moncloa.

Para mayor bochorno de quienes vivimos toda esa historia para no dormir, en España se ha instalado, no confortablemente pero sí de forma eficaz, el discurso del odio, las soflamas fascistas, el rechazo a la diversidad, el racismo, el machismo y otras lacras involucionistas. Según una encuesta del CIS, demasiados jóvenes creen que la actual democracia española es peor que la dictadura de FF. Lo paradójico es que pueden decirlo sin temor a represalias... porque viven en una democracia.

Alberto Díaz Rueda. LOGOI