Aragón cabalga al galope hacia un rumbo repleto de claroscuros. La idea es que se vaya forjando en los próximos tiempos en la conciencia colectiva una premisa altisonante que pretende exagerar un tanto la situación, milagro, boom económico, una suerte de Texas a la española, un mar de placas, la isla logística más grande del sur de Europa, diversificación, macroproyectos, suelo industrial barato… Obviamente, el primer interesado en que todo esto se convierta en un verdadero clamor es nuestro presidente Jorge Azcón, aunque en este caso el que ostenta la paternidad de todo esto es el lambanato, al César lo que es del César o al Javier lo que es del Javier, periodo abrazado con sumo gusto y fraternal abrazo por parte del Gobierno autonómico actual.

El yacimiento de El Palao en Alcañiz es un lugar excepcional para contemplar toda esta realidad de la que hablamos, aúna la tradición y el futuro en un solo golpe de vista, olivos, almendros, placas, MotorLand, naves, granjas y donde hay agua una huerta que cantara Labordeta, sobre un lugar donde caminaron nuestros antepasados hace dos mil años, casi ná.

Los que somos rondadores podemos certificar muchas de estas cosas, la mejora evidente y continua de infraestructuras, el esfuerzo por mantener servicios y actividades, la lucha constante por la supervivencia del territorio no da tregua, aunque todo esto lleve implícito el dilema moral de comprometer nuestro futuro a capitales extranjeros que tienen con nosotros la mentalidad de trastero, apuesta arriesgada e incierta que la historia juzgará y pesará para bien o para mal en las conciencias de los que vivimos estos tiempos de Aragón.

Pero mientras todo esto acontece a ambas orillas del Ebro y seguimos hablando de los castillos que construiremos sobre el espacio, no hemos dejado de lado el hábito tan nuestro de mostrar nuestra manifiesta incapacidad para resolver pequeñas cosas.

Hospitales sin personal, nobles villas sin policía, duplicidad institucional, pesebres para el rebaño donde hay que darle de comer a mucha oveja acomodada que perdió el antiguo hábito del doblaje del lomo y desertó del arado en una tierra tan agrícola como la nuestra. Raro es el día en el que no lees una noticia en la que se habla de procesos estancados, plazas sin cubrir y un montón de fallas administrativas que eternizan procesos y ahí viene un problema tan profundo como la sima de San Pedro.

¿Para qué queremos tanto dinero que vendrá, si no somos capaces de garantizar que nuestros mayores tengan una plaza en una residencia, nuestros niños un maestro para su escuela rural o nuestra vecina pueda dormir tranquila sabiendo que tiene donde llamar si un ladrón se cuela por su ventana?

En nuestras manos quedará que todo lo que está por venir, sirva para algo más que llenar los bolsillos de los que ya no tienen más espacio para guardar billetes, es un deber colectivo someter y domar todo este periodo histórico y encauzarlo hacia el bien común, eso será la verdadera grandeza de tiempo que estamos por vivir.

Víctor Puch