He hablado mucho de mis libros. Ellos lo hacen con letras, que también llegan a sus lectores, les cuentan las elucubraciones del autor, sus ilusiones, sus penas, en una palabra, sus historias.
Saben más que el escritor, porque están en las manos de quien los lee, sienten sus reacciones, reciben alguna lágrima cuando se emocionan, notan su frenesí al pasar las hojas cuando la trama les engancha y perciben su frustración cuando, a las pocas páginas leídas, son abandonados en la estantería, condenados a almacenar el polvo del tiempo.
Reconozco mi culpa por querer ser escritor y quedarme en un simple cuentista, al narrar cosas de dentro de la casa común, abusando de mi lengua materna, mi querido Chapurriàu, eso sí con la mayor diligencia posible.
Mi ilusión era que nuestras costumbres, las labores de la gente, también los problemas, quedasen reflejados en papel y sobre todo con nuestra lengua escrita, en ese Chapurriàu a los que muchos se han empeñado en negar. Eso, de momento, se ha conseguido.
Muchos de ellos se convertirán en polvo, otros arderán, como el escritor, pero la ceniza, la de los dos, se juntará y volará libre por los cielos azules del Matarraña.
Sólo deseo que uno de ellos quede abandonado en un cajón y que, el día de mañana, lo encuentre alguien de nuestra tierra y pueda recordar por un momento la vida de sus antepasados, escrita en su manera de hablar. Ese será el premio que todos deseamos.
Al verme tan decaído, los libros se han rebelado y han empezado a hablar, moviendo las hojas, como bocas parlanchinas, todos a la vez, por lo que sólo he podido captar algunas de sus frases.
Ha habido gente que ha disfrutado leyéndonos, gente que nos ojeaba por la noche y, cada mañana, se levantaba contenta de lo bien que lo había pasado repasando lo que había hecho cuando, siendo joven, trabajaba, lo había vuelto a vivir y añoraba que volviera la noche para continuar su historia, para volver a ser joven y estar en su tierra.
Gente que ha leído una hoja, una y otra vez, unos para recordar las voces, las cosas que les contaban, cuando eran pequeños, personas queridas que ya no están. Otros, porque tuvieron que abandonar su tierra y su lengua, siendo jóvenes, y ahora la sienten, la leen, una y otra vez solo por el placer de volver a disfrutar de su recuerdo.
Personas que la lectura les ha traído vivencias olvidadas, con personas que compartieron sus vidas y han llorado, y cuando sus hijos, al ver sus lágrimas, les han querido quitar los libros, les han dicho: «dejadme, lloro porque soy feliz».
Otras que les han pedido que rueguen al escritor para que les traiga más hermanos, se han quedado con ganas de recuperar más cosas del pasado, sobre todo leyéndolo en su lengua querida.
No quise seguir oyendo, cerré sus bocas, sus portadas, acallé sus letras y los puse juntos para que se consolaran mutuamente y me despedí de ellos, con una comparación literaria de la vida con el día.
Al albor del amanecer, le sigue el calor del mediodía, luego el sol se va escondiendo, va perdiendo luz, porque, poco a poco, la oscuridad de la noche le va ganando. Entonces los ojos empiezan a ver turbio, luego negro y más tarde nada.
La vida pondrá la última palabra.
Luis Arrufat. Valjunquera. El mundo del Chapurriau

