Uno de los problemas básicos –y más sutiles y poco analizados– al que nuestra época actual se enfrenta no es solo el exceso de violencia en todos los ámbitos o el continuo acumularse de catástrofes bélicas, ecológicas o sociales y tecnológicas –y sus efectos en la psicología humana...– es la relativización de las palabras y el lenguaje, su pérdida de altura, sentimientos y cuidado ético.
Y no se limita al nivel individual, familiar o comunicativo, sino al de líderes políticos, naciones y comunidad internacional. La patológica agresividad y grosería del lenguaje de Trump ha dado carta de naturaleza, ha «legitimado», la bestialidad verbal en todos los ámbitos. Empezando por la ONU, donde los distintos mandatarios profieren discursos en los que se mencionan holocaustos locales o incluso globales y amenazas bélicas con el desenfado que en esos casos solo exhiben los ignorantes o los psicóticos.
Como decía Antonio Guterres en la Asamblea General de las N. U., «las grietas del mundo se han convertido en abismos». Observen la conducta de «sus señorías» en el Congreso, una especie de contienda para ver quién la dice más grosera o más insultante. Y no solo en España... intenten dar un paseo (de los horrores) por las redes, ya sea un «influencer» o un individuo del montón que busca celebridad a todo precio... es como si el Infierno hubiera inaugurado sucursales por todo el ámbito mundial de las nuevas tecnologías.
En los momentos de pesadumbre trato de pensar en los movimientos sociales que van apareciendo por doquier, ya sea contra el mercadeo inmoral de las viviendas, contra las deficiencias de la educación, contra el alza de los precios del carburante o a favor de los emigrantes: sobre este punzante tema he leído unas declaraciones ejemplares del controvertido Pedro Sánchez: «La tentación es ceder al miedo, convertir al migrante en enemigo y vulnerar la legalidad... pero España no va a hacerlo».
España ya lo está haciendo, y Alemania, y Francia y la UE, acosada desde el este al oeste, bajo el amparo vociferante de la ultraderecha, la complicidad de la derecha y el despiste autocomplaciente de las izquierdas. ¿Cuál es la razón de la pérdida de control sobre nuestro lenguaje?
Una creciente indiferencia ante el rotundo mal que se desarrolla en Gaza, en Ucrania, entre los migrantes de EE. UU., con detenciones arbitrarias, malos tratos, asesinatos «legales», en la Sudamérica esquilmada por el «tío Sam-Trump»... estamos siendo «anestesiados» por un lenguaje que considera «normal» la violencia extrema o la posibilidad de una guerra atómica ya sea por la degenerada soberbia de Trump o por la de Putin... o por la de Netanyahu, por nombrar a tres de las claves que traducen nuestro presente a términos de destrucción. Deberíamos asombrarnos... e indignarnos.
Al pensar en la indignación, me di cuenta de que nos hallamos ante un momento en el que la generación que está en el poder en el mundo está comprometiendo el futuro de la siguiente, la de nuestros nietos (ya convenientemente arrasados por las nuevas tecnologías que se ceban en ellos).
En ese momento comprendí que me hallaba ante esa metáfora que Hannah Arendt, María Zambrano, Pasolini o el filósofo francés Didi-Huberman habían usado en repetidas ocasiones para calificar a esas personas, casi siempre anónimas, que a pesar de un panorama político-social dominado por la codicia, la insolidaridad, la ignorancia y a menudo la barbarie, llevan en sí mismos limpia luz como testimonio de actitudes y comportamientos a contracorriente respecto al caos ético habitual... las llamaban «luciérnagas».
En mi larga vida profesional he conocido algunas «luciérnagas». En los últimos tiempos, he visto muy pocas. Pensaba en el optimista libro de Didi-Huberman, Supervivencia de las luciérnagas. También en Hannah Arendt y su muy meritoria esperanza de que siempre habrá alguna de esas personas en los momentos duros; portadoras de una luz que suaviza las tinieblas de la época. Personas que cumplen su deber con puntillosa corrección, con generosidad, que tienen la suma delicadeza de pensar que los demás también se comportan así a pesar de las pruebas en contrario.
Como demuestran esos líderes políticos que siempre están actuando a favor de sus intereses políticos, ya sea Netanyahu, Trump, Putin, los «faraones» de la tecnoplutocracia, y tantísimos otros, en casi todos los países y sectores, esparciendo la codicia, la fuerza de las armas y los abusos por todo el orbe.
Hay pocos países, empezando por los grandes y poderosos, Estados Unidos, Rusia, China, Israel, cuyas acciones y posturas políticas no constituyan un peligro cierto de desequilibrio local o global. Como las amenazas de Putin de una guerra nuclear contra Europa. Y aunque esto último podría ser un «farol» de mal jugador de póker, esos «grandes» líderes deberían mirar la historia del siglo XX.
O, en otro orden de cosas, la casi patológica actitud revanchista de Netanyahu que en la «celebración» del tercer aniversario de la matanza provocada por Hamás en Israel, sigue en su guerra de exterminio en Gaza, Líbano y Cisjordania, a la espera de ampliarla a Yemen, Qatar o Turquía. ¿Por qué uso el término de «celebración»? Porque está claro que el dirigente israelí está «estirando» de manera abyecta y ruin la carga emocional y vindicativa de aquella jornada inhumana, para sus propios intereses territoriales y de dominación (apoyado por la extrema derecha de su partido y las brutales asociaciones de colonos).
Debido a todo esto, la presencia de «luciérnagas» en este proceloso mundo nuestro, que sufre una época de borrascas políticas y tempestades humanas, sería la única razón para esperar que el género humano pueda superar, de forma correcta, las enormes dificultades y problemas que comprometen su futuro.
Vivimos una época nefasta, países devastados por guerras y fenómenos climáticos destructivos y regímenes políticos asediados por el neofascismo y el pensamiento antidemocrático y dictatorial, que instrumentan de forma inmoral las crisis migratorias. Unamos a esto una escasez creciente de carburantes, agua y alimentos; una tecnología invasiva que está creando en amplios sectores de la población seres manipulables, especialmente los jóvenes... ¿Se trata de un punto sin retorno o el inicio de una renovación?
Muchos creemos que las luciérnagas humanas van formando un entramado subterráneo, semejante al de las ‘secuoyas’, esos gigantes de más de 80 metros de altura (con un perímetro que supera los 20 metros) cuyas raíces se extienden por el bosque para entrelazarse con las de los árboles vecinos, creando una base de seguridad formidable para su envergadura y un sistema de mutuo apoyo que favorece su supervivencia y crecimiento de todo el bosque.
Pues bien, algunas personas, ya sean líderes políticos o simples miembros de partido, capitanes de empresa u oficinistas, científicos, artistas, pensadores y escritores, médicos, funcionarios, artesanos, constructores, obreros o periodistas y profesores... en suma, las «luciérnagas» de este mundo, van creando de forma no dirigida, casual, una dinámica de conexión –poco visible pero creciendo a causa del estado de alarma en que vivimos–: una red internacional, por el momento subterránea, para sus propios miembros... pero que deja muestras de su existencia en detalles discretos.
Quizá debemos cambiar la perspectiva –y el lenguaje– desde los que afrontamos las poco esperanzadoras circunstancias de los asuntos políticos nacionales e internacionales y también los ecológicos... desde la alternativa de la resiliencia humana.
Que apareció en los momentos más oscuros de la historia, entre los resistentes judíos e izquierdistas en los campos de concentración nazis (Primo Levi, Viktor Frankl o nuestro combativo Jorge Semprún) hasta la unión combativa de espontáneos grupos al margen de los partidos, por ejemplo los que reclamaban viviendas y protestaban en la Puerta del Sol y otros lugares del desahucio de una anciana enferma de su piso (fallecida ayer); los manifestantes por la precariedad de los centros educativos en Francia; el sinfín de manifestaciones en diversos países –incluidos los regresivos y derechizados Estados Unidos de Trump– por cuestiones humanas y sociales, que parecen estar al margen de las estructuras políticas y por ello constituyen un factor esperanzador.
Tal vez de ese mismo caos aparezca, como ha ocurrido en otros tiempos, en otras épocas, un resurgir del humanismo, incluso de las viejas creencias espirituales. Puede ser que un cataclismo electrónico, o un «virus» global, acabe con la «cultura» digital, las pantallas, los móviles, los ordenadores... y nos obligue a mirar en torno nuestro en lugar de a una pantalla.
¿Cómo y por qué puede ocurrir ese cambio? Francamente no lo sé. Solo se trata de una alternativa posible, no probable, que requiere algo tan decisivo y difícil de calcular y valorar como su opuesto: la hecatombe; tal vez provocada más por la exhausta naturaleza que por las ambiciones políticas y económicas humanas.
La codicia económica de la plutocracia tecnológica (factor humano) unida a la disparatada e ignorante audacia de los líderes que gestionan a lo bestia sus ambiciones de dominio (factor bélico), todo ello bajo la cúpula de desastre del medio ambiente, la contaminación y la degradación del clima con sus correlatos de sequías, inundaciones, hambrunas (factor climático) preparan un escenario distópico... cuyo único contrapeso podría ser una Humanidad Harta de ser Explotada. Y para eso son precisas miles de millones de luciérnagas humanas. ¿Se anima usted, lector?
Alberto Díaz Rueda

