El 19 de julio España se proclamaba campeona del mundo de fútbol masculino tras una final épica en Estados Unidos contra Argentina. El país se paralizó para celebrar una victoria histórica y los jugadores fueron recibidos como héroes, aplaudidos y admirados por millones de personas.
Solo tres días después, el 22 de julio, comenzaba el gran incendio de Almorox (Toledo), que acabaría arrasando más de 27.000 hectáreas y extendiéndose por Castilla-La Mancha, Madrid y Castilla y León. Miles de personas fueron evacuadas, decenas de viviendas quedaron destruidas y un patrimonio natural que había tardado décadas en crecer desapareció en cuestión de horas.
La factura económica será millonaria, pero hay pérdidas imposibles de cuantificar: miles de animales murieron calcinados y parte de la biodiversidad de la zona tardará décadas en recuperarse, si es que alguna vez lo hace...
He sido una de los cientos de periodistas que cubrieron aquel incendio durante varios días. Recorrí montes convertidos en ceniza, urbanizaciones evacuadas y carreteras envueltas por el humo. Vi el miedo en los vecinos que no sabían si sus casas seguirían en pie y la impotencia de quienes habían perdido el trabajo de toda una vida.
Es imposible permanecer indiferente cuando el paisaje se convierte en un inmenso cementerio negro. Todavía a día de hoy arrastro una fuerte tos de haber respirado ese humo tan tóxico. Y todavía las imágenes invaden mi mente de vez en cuando.
Volver a ver las terribles mascarillas que llevábamos en el Covid, ancianos que se despedían de su hogar y pertenencias, animales evacuados y otros abandonados a su suerte... Sentí la incertidumbre cuando el viento cambiaba de dirección.
Pero lo más desolador de todo fue comprobar que, mientras el fuego seguía avanzando, las administraciones aprovechaban para señalarse unas a otras. Gobierno central y comunidades autónomas intercambiaban reproches en lugar de ofrecer una respuesta unida.
La prevención volvió a quedar en un segundo plano. No se limpia el monte lo suficiente, faltan inversiones sostenidas en el tiempo, y cada verano repetimos el mismo debate cuando ya es demasiado tarde.
Mientras los políticos discutían, quienes realmente sostenían la emergencia enlazaban jornadas interminables, por 1.100 euros al mes, en muchos de los casos. Bomberos, agentes forestales, Guardia Civil, UME y servicios de emergencias trabajaban durante más de catorce horas seguidas, muchos de ellos manifestando la falta de personal y de recursos.
Ellos sí son los auténticos héroes. No levantan una copa ni se les homenajea con grandes desfiles, ni tienen una cuenta corriente de miles de ceros, pero cada verano arriesgan su vida para salvar la nuestra y proteger un patrimonio natural inestimable.
Laura Quílez

