Mientras pienso en cómo comenzar esta columna, acabo de ver una hormiga caminando tranquila por mi sofá. En el cojín de al lado, avanzando hacia mis piernas como si yo no estuviera. No me atrevo a pensar lo que habrá debajo del chaiselongue… La última vez encontré unos cuantos Lacasitos y tantas migas que podría haber reconstruido una magdalena.
Hace muchos meses que no muevo el sofá, pero, cuando lo haga, espero encontrar las tijeras naranjas, el coletero marrón, todos los rotuladores que les faltan en los estuches y el tiempo que he perdido buscándolos en otros lugares. Quizá ser madre consista en perder algunas cosas —como la paciencia, las horas de sueño, la vida social adulta, la identidad o el vivir sin miedo— y acumular otras bajo el sofá sin ser consciente, a la espera de ser rescatadas en un día de lluvia en el que ya no quepan más cartas ni juegos.
Mañana protestaré e intentaré localizar otra hormiga que ratifique mi enfado, para que vean que mamá tiene razón y que tienen que hacerme caso. Dentro de unos meses, volveré a ver otra hormiga que me recordará lo que hay debajo. Debajo de la maternidad hay migas y hormigas, pero también hay montones de emociones positivas, retos superados, habilidades que no sabía que tenía, mucha creatividad y cientos de ocurrencias inocentes y disparatadas. Debajo del sofá se esconde lo que nos hizo ser niños una vez y lo que nos recuerda que ellos aún lo son. No deberíamos exigirles que caminen a nuestro ritmo frenético y sin sentido.
Debajo del sofá hay preguntas sin respuestas: ¿de qué color es un beso?, ¿cuánto amor cabe en un tarro de cristal?, ¿sentirse vulnerable, insuficiente y culpable es normal? Mi madre dice que todo en la maternidad se siente infinito: el amor, la culpabilidad, los logros y los fracasos, las risas y los gritos, los abrazos y los planes de verano. Hace quince años que me fui de su casa y ella sigue buscando hormigas bajo su sofá. Las echa de menos, aunque sepa que, en caso de tormenta, volveremos a buscar refugio en su hormiguero por mucho que tengamos el nuestro.
La hormiga alcanza mi muslo izquierdo y lo escala despacio. Sonrío. A quien tenga hormigas bajo el sofá, felicidades. A quien no las tenga porque no quiere, felicidades también. A quien no las tenga por muchas miguitas que deje de señuelo, ánimo.
Cristinica Gómez


Que felicidad da contemplar a un niño cuando busca sus cosas por debajo del sofa. Y para los mayores, que tambien encotramos todo eso que usted encontrado y algunas cosas mas.
Gracias por su articulo.