Y finalmente nos ha dejado. Javier era un hombre tan peculiar, como activo. Todos los que le conocimos, vimos en su persona el espíritu del IET, Instituto de Estudios Turolenses, donde fue, no sólo su secretario, sino su alma durante tantos años.
Todavía recuerdo que, cada vez que entraba en su despacho, tenía colgados en la pared, tras él, dos cuadros de mi tío Enrique Trullenque, pintor contemporáneo alcañizano fallecido mucho antes que Javier, y del que todos teníamos muchas anécdotas y gratos recuerdos.
Javier era antropólogo, y le dedicó muchas horas al estudio de las tradiciones turolenses, en multitud de localidades, faceta poco conocida de su trayectoria profesional.
Entro en el IET bajo la dirección y subdirección de Gonzalo Borrás y Antonio Gargallo, respectivamente, y logró, junto a ellos, una segunda época dorada tras los años que lo dirigió Jaime Caruana, modernizando el IET, tanto en sus instalaciones, como sobre todo, en el acceso a las primeras investigaciones de muchos científicos, entre los que me encuentro, proporcionándonos becas y premios de investigación, que nos ayudaron en nuestros inicios.
Fueron muchos años, más de 30, en los que la sociedad turolense miraba al IET como una referencia de su cultura y su ciencia, sin desmerecer lo más mínimo su prestigio, frente a otras instituciones mucho mayores, a través de la revista «Teruel», su órgano principal de difusión científica, y donde publiqué el «Mural de la Justicia», que descubrí en Alcañiz y estudié con una beca del IET, siendo todavía un estudiante de la carrera de historia de la Universidad de Zaragoza. Actualmente pueden ustedes verlo en el zaguán de la Casa Consistorial de Alcañiz.
Muchas anéctodas podría contarles sobre Javier, pero me quedo con dos de sus cualidades: su bondad infinita y su gran energía. Siempre con palabras de ánimo hacia nuestra ardua y oscura labor científica, organizó una de las mejores bibliotecas científicas de Aragón, y en torno a él giraba una gran actividad científica y cultural en toda la provincia de Teruel, en la que siempre tuvo un afán: recuperar la figura de Luis Buñuel, sobre el que hablé mucho con él, y que para su regocijo personal pudo lograr en vida.
Como la «piedra del fin del mundo», leyenda de Alcañiz sobre la que escribió, y que se dice que caerá el día del fin del mundo, todo tiene un final, y así nos despedimos de Javier todos los que tuvimos la suerte de conocerlo.
Haz un redoble de tambor, alcañizano por supuesto, allí donde estés.
Juan José Barragán. Profesor de Historia, Archivero, ex becario del IET y Accésit en el VII Premio de Investigación Científica del IET.

