Todo aquel que me conozca sabe a la perfección mi pasión por el fútbol y, en términos de coleccionismo, por camisetas de fútbol. Noventeras o no.
Forjé mi hobby por influencia directa de mi padre, que ya aunaba alguna zamarra clásica como la de España’94, la misma que tuvo que usar obligatoriamente Luis Enrique para enjuagarse las lágrimas -y la sangre- por la eliminación a manos de la Italia de Tassotti o el gran combo que formaron en su día el conjunto del Arsenal y la marca nipona JVC.
Como todo conato de coleccionismo, a lo largo de los años se va desarrollando un viraje a la seriedad y la relevancia que comienza a tener en la vida de uno. En mi caso, el proceso natural era reducir cualquier camiseta ‘trucha’ (referencia argentina para decir que algo es falso, una copia) al mínimo posible, así como saber detectar cuando alguien te quiere vender alguna casaca de esa espuria categoría.
La realidad es que las falsificaciones asiáticas tienen un segmento importante en esta área que habitamos los locos de las telas. No me hallo en potestad de juzgarlo, en parte porque no estoy de acuerdo con los márgenes agresivos que imponen las marcas oficiales y que convierten ciertas camisetas en bienes de lujo, pero, como os he dicho, lo mío es coleccionismo, y si ningún filatélico compra imitaciones impresas, yo tampoco.
Esto no quiere decir que me deje el jornal a las primeras de cambio. Una de las partes más bonitas de esta temática es sumergirte en tiendas minúsculas perdidas en cualquier ciudad y encontrar joyas a precios increíbles. Hace unas semanas, sin ir más lejos, fui a dos negocios locales madrileños que me habían chivado clandestinamente; olor de videoclub, tallaje enorme y único y colores desprovistos de saturación por el paso de los años.
Es una sensación única, un síndrome de Stendhal que truena en tu cabeza al verte rodeado de perchas y perchas con camisetas de cualquier entidad. Siempre entran los típicos turistas que preguntan por la nueva del Real Madrid, pero esta no es una tienda normal, y el vendedor te cala la laya en lo que tardas en entrar por la puerta y cómo acaricias la manga de la primera camiseta de la fila. Terminas compartiendo historias con otro coleccionista como tú, qué tipo de camisetas soléis buscar e incluso te muestra las que tiene en tienda, pero alarga una sonrisa pícara mientras te dice que esa no la vende. Un reducto de paz frente a las megastores.
Ruben G. Bielsa. Marasmos

