El 18 de agosto de 1936 fue asesinado Federico García Lorca y, noventa años después, sigue siendo importante decirlo exactamente así, porque no murió, sino que fue asesinado. Puede parecer una precisión menor, pero las palabras nunca son inocentes cuando hablamos de memoria, ya que detrás de ellas hay siempre una determinada forma de contar la historia y, por tanto, de decidir qué recordamos, qué olvidamos y cómo interpretamos nuestro presente.
Por eso la memoria democrática continúa siendo hoy un terreno de disputa política. Durante años se ha intentado presentar cualquier ejercicio de memoria como una voluntad de reabrir heridas, como si recordar a las víctimas, investigar lo ocurrido o llamar dictadura a una dictadura fuera una forma de dividir a la sociedad. Sin embargo, lo que realmente debilita una democracia es borrar responsabilidades, relativizar hechos o convertir en una simple opinión aquello que está documentado.
La extrema derecha ha entendido perfectamente esta batalla y por eso ha hecho de la memoria uno de sus campos de confrontación. No siempre necesita negar los hechos de manera frontal; muchas veces le basta con difuminarlos, equipararlos o despojarlos de contexto hasta conseguir que todo parezca discutible y que cualquier versión tenga aparentemente el mismo valor.
En Aragón lo hemos visto con la derogación de la Ley de Memoria Democrática impulsada por PP y Vox. No se trataba únicamente de una norma, sino también de una forma de reconocer a las víctimas, preservar documentos, proteger lugares de memoria y transmitir a las nuevas generaciones qué ocurrió en nuestro país. Renunciar a todo eso no es neutralidad, porque cuando una sociedad deja de contar bien su historia, otros terminan contándola por ella.
Federico García Lorca fue asesinado, como lo fueron miles de personas perseguidas por sus ideas, por su compromiso político, por su trabajo o simplemente por estar en el lado de una España que dejó de aceptar al diferente. Recordarlo no es imponer una ideología, sino defender algo mucho más básico: que los hechos sigan siendo hechos, aunque a algunos les incomoden.
Y esa es, en realidad, la batalla del relato. Por eso conviene repetirlo las veces que haga falta: Federico García Lorca no murió. Fue asesinado. Asesinado por quienes quisieron acabar también con lo que pensaba, escribía y representaba. Noventa años después, que quede claro. Porque nombrar bien lo que ocurrió es también una forma de defender la verdad frente a quienes pretenden desdibujarla.
Mari Carmen Soler. PSOE / Mirambel


Usted pretende convertir el asesinato de Lorca en patrimonio político del PSOE y en una especie de certificado de superioridad moral para decidir quién defiende la verdad y quién pretende ocultarla.
Si vamos a hablar de memoria, hablemos de toda la memoria. También de José Calvo Sotelo, asesinado en julio de 1936 por miembros de las fuerzas de seguridad y militantes vinculados a la izquierda. También de las víctimas de Paracuellos. También de los asesinatos cometidos en la retaguardia republicana. Y también de cualquier otra víctima, independientemente de quién empuñara el arma.
Y respecto a la derogación de la Ley de Memoria Democrática de Aragón, convendría recordar algo bastante elemental. Fue una decisión adoptada por representantes elegidos democráticamente por los aragoneses y, por tanto, responde también a la voluntad expresada en las urnas. Usted, como presunta demócrata, debería respetar esa decisión aunque no le guste.
Ahí es donde su «batalla del relato» empieza a resultar absolutamente selectiva. Para usted, recordar a unas víctimas es memoria democrática. Recordar a otras parece convertirse en una incomodidad que conviene dejar fuera del relato. Y cuando los aragoneses votan algo que no coincide con su posición política, parece que la democracia deja de ser tan democrática.
Lorca no pertenece al PSOE. Calvo Sotelo tampoco pertenece a la derecha como propiedad histórica. Ambos fueron asesinados y ambos forman parte de nuestra historia.
La memoria, si realmente pretende ser democrática, no puede consistir en seleccionar víctimas, repartir carnés de buenos y malos y después llamar «verdad» al relato propio, que es precisamente lo que hace usted.
Cuando la memoria se selecciona según la conveniencia política, deja de ser memoria y se convierte en propaganda.
Ya está tardando en salir de su cloaca el voxbot de turno (que ya se sabe que estos defensores de la patria no suelen tener las agallas de dar la cara). La extrema derecha padece alergia crónica a la memoria histórica: prefiere la mitología fantástica de Santiago Matamoros o la de aquel militar de Capadocia que perseguía dragones y que casualmente tiene nombre de bot. Vaya patriotas añorantes de la Inquisición y devotos del absolutismo más rancio, que terminan poniendo a un turco por patrón.
Para esa mentalidad, Lorca probablemente no era más que «un maricón», por lo que en su delirio ideológico hasta juzgarán que el fusilamiento fue un acto de misericordia.
Y a ti, Mari Carmen: defender unas siglas anulando el criterio propio (como te he visto hacer más de una vez) también tiene lo suyo. Ese pragmatismo de «el fin justifica los medios» acaba haciendo que todos parezcáis cortados por el mismo patrón. Cuando la ética depende de la disciplina de partido, la política termina oliendo a lo mismo que pretende combatir. La diferencia es que estos indocumentados de la ultraderecha ni siquiera disimulan: llevan la cloaca incorporada de serie.
Muy de acuerdo. Tanto unos como otros utilizan el relato para ocultar la verdad. Si uno no se ajusta al relato que le escriben desde arriba, la cúpula del partido, tiene poco futuro, ya sea en Vox, PP, PSOE, Podemos o cualquier otro. De lo que se trata es de sacar a la luz las vergüenzas del adversario y ocultar las propias.
Fernando, entre tanta cloaca, inquisición, absolutismo y «voxbot», hay algo que me parece bastante más grave y que deberías aclarar de inmediato.
Tu ataque a Mari Carmen resulta profundamente paternalista y, además, tiene un evidente tufillo machista. Le dices que anula su propio criterio por defender unas siglas y que eso lo has visto hacer «más de una vez», como si tú estuvieras en disposición de juzgar la independencia intelectual de una mujer y de explicarle cuándo piensa por sí misma y cuándo transmite consignas de su partido. Creo que, antes de seguir repartiendo carnés de ética democrática y de señalar las supuestas miserias morales de los demás, deberías empezar por algo bastante más sencillo. Pide disculpas por ese ataque paternalista y machista.
Y después, si te quedan ganas, puedes intentar responder a los argumentos que planteé. Porque de momento, de eso tampoco has dicho absolutamente nada.
Pues sí. Porque es por todos sabido que la memoria siempre va acompañada del instinto, y quien tiene el instinto de alimentarse de carroña acaba desarrollando, sin remedio, una memoria de cucaracha. También es bien sabido que la mejor manera de resolver un asesinato es provocar otro complementario. Y, por supuesto, que las urnas tienen ese prodigioso poder terapéutico de borrar la memoria de quienes soportaron masacres, persecuciones y torturas durante más de cuarenta años a manos de un golpista.
Más o menos como en Alemania. Aunque allí, al menos, al asesino sanguinario responsable de la muerte de más de 70 millones de personas lo encumbraron mediante «una decisión adoptada por representantes elegidos democráticamente por los alemanes». Pero claro, si lo que se vota va a misa, supongo que Hitler también quedó automáticamente absuelto por las urnas. Democráticamente ungido, democráticamente santificado y, a otra cosa, que remover el pasado siempre incomoda cuando la carroña empieza a oler.
Y vaya, he dicho «misa». Yo, que soy atea. Así que, para las convulsiones y los sarpullidos: rezos, cilicios y agua bendita, como mandaba la tradición nazionalcatólica. Todo muy edificante, naturalmente.
Esther, puedes ser atea, por supuesto. Lo que resulta bastante menos convincente es que utilices tu ateísmo como una especie de coartada mientras conviertes todo lo relacionado con el catolicismo en un repertorio de insultos y caricaturas.
«Rezos, cilicios, agua bendita», «Inquisición», «nazionalcatolicismo»… Para alguien que presume de estar defendiendo la memoria frente al relato, sorprende la facilidad con la que sustituyes los argumentos por tu fanática colección de tópicos anticatólicos.
Y no, ser atea no te convierte automáticamente en más lúcida, más democrática ni moralmente superior a un católico.
Mucho «relato», mucha carroña y mucha cucaracha, pero argumentos, de momento, ni uno.
Señora Soler, sería bueno que en la Memoria Democrática se recogiera el asesinato de Calvo Sotelo, los asesinatos de Paracuellos y las monjas y sacerdotes en 1934, se lo recuerdo esto último en 1934. En que manos estamos para dar lecciones.
Dejad a Lorca en paz
lo que hay que leer… Me da a mí, seres de VOX, que el bot se os ha descuajeringado y ya escupe estupideces que van hasta contra vuestro propio argumentario. Eso sí, lo de exigir argumentos lo sigue haciendo con el ansia de un tonto en una tienda de caramelos. Curraos un poco más el prompt y revisadlo bien, que como Abascal se entere de que estáis haciendo apología del feminismo…
Fernando, estás perdiendo mordiente. Desde la «cloaca» y el «voxbot» del primer comentario hasta esto del «prompt», cada vez estás más ruidoso y lerdo.
Te hace falta una puesta al día. Léete las obras completas de Cándido, aunque se nota que últimamente te las estás haciendo resumir por la IA para ahorrarte leer esos tochos. Léelos tú. Y enteros. A ver si así recuperas algo de filo. Los insultos ya los tienes demasiado trillados.