Somos muchos los que, por una causa u otra, hemos tenido que abandonar nuestros nidos familiares y buscar otros bosques donde anidar, lejos de los montes que nos abrigaron al nacer.
Nuestro peregrinar nos ha llevado por diferentes calvarios, siempre con el sufrimiento de estar lejos de nuestra tierra, de sus cielos, sus estrellas, sus vientos e incluso su oscuridad.
Ya no digamos lo que nos ha supuesto dejar atrás unos sentimientos: la amistad, el abrigo materno, el sentirte en tu lugar, tus amigos, las comidas de casa, aunque fueran escasas, su sabor se convirtió en un guardián permanente de tu estómago.
Nada sabe igual que aquello que comías, racionado, en tu hogar, guisado por manos familiares que eran las que le daban ese gusto especial, que no lo pueden repetir ni en los mejores restaurantes.
Y sobre todo, el poder hablar libremente, con cualquiera que te encontrabas. Aquel Chapurriàu, que te daba confianza, tranquilidad y que buscas en tu nueva morada en cualquiera que crees oír algún sonido que te recuerda aquellas palabras.
Tú lo has mantenido vivo en tu mente, en tu corazón, buscando en libros, diarios, revistas, alguien que diga algo relacionado con él. Llegando a devorar trabajos que, aunque no estén en tu lengua, hablan de tu tierra, es como una gran comida que te satisface.
Cuando visitas tierras cercanas, al escuchar los sonidos conocidos o parecidos, intentas participar y muchas veces quedas frustrado, aquel no es tu idioma.
Al final te vuelves atrevido y osas detener a los visitantes o turistas que pululan por las calles en busca de una dirección y de muy en tarde en tarde, descubres que son gente de tu tierra con los que intentas pegar la hebra, pero llevan prisa, no llegan a la visita guiada.
Continúas tu deambular, los sonidos recientes te trasladan a tiempos pasados, por un momento revives, estás allí de nuevo, vas al horno a buscar el pan, aquella miga, su corteza, su sabor.
No te das cuenta y casi tropiezas con alguien, estabas despistado, pero el último pensamiento te ha hecho recordar que cerca tienes una panadería. ¿Por qué no buscar sabores lejanos?
Tienen pan de múltiples clases, formas y harinas. Ves una cañada, la compras, sales del local y le das un pellizco, la boca llena de saliva recibe el regalo... desilusión. Tiene la forma, pero no el gusto de la cañada, ni del pan que tú conocías…
Están cerca las fiestas. Se suele organizar una especie de mercadillo, con puestos de toda clase de alimentos de muchos pueblos.
Cuando llega el día, todos ilusionados, vamos. Es verdad, hay puestos de todo: embutidos, pastas, quesos, miel, vino, aceite, especias… pero ¿y pan?
Solo nos queda una fila de casetas, más de lo mismo. Ya solo queda una, tristes y desconfiados nos acercamos, hay una fila grande de compradores. ¿Qué venderán? ¡Y SÍ! Allí está: El Horno de La Ginebrosa. Mientras esperamos, nos alimentamos del olor a pan recién hecho.
Cuando nos toca el turno, no sabemos qué pedir, hay tantas cosas, todas conocidas: pastas y pan. De momento veo en una estantería una cañada, me llama, me estaba esperando, sabía que vendría.
Se la pido al vendedor:
—No se la puedo vender, está tocada por la parte de arriba.
No me doy por vencido:
—No me importa, he venido adrede, tengo un antojo.
—No me quedan más.
—Es igual, quiero esa.
Todo contento, envuelta como un tesoro, llego a casa, preparo la mesa, saco el pan: parto un trozo, cierro los ojos, me lo pongo en la boca, lo saboreo:
—Mare, ¿ha pastat, avui?
Abro los ojos.
¿Cuándo volverán los de La Ginebrosa?
Luis Arrufat. El Mundo del Chapurriau

