Hoy comienza en Fuentes de Ebro una movilización que las administraciones ya no pueden permitirse escuchar de pasada. La A-68 vuelve a la calle de la mano de alcaldes y vecinos de un eje que ha aprendido a medir el tiempo con paciencia, accidentes y promesas aplazadas. Exigen dejar de vivir al margen de una inversión que se considera natural cuando une grandes ciudades, pero discutible cuando atraviesa pueblos.
La N-232 es la carretera de quien sale de madrugada a trabajar, del transportista que sostiene una fábrica, de quien lleva a sus hijos a estudiar y de una ambulancia que necesita llegar a tiempo. Es también la imagen cotidiana de una desigualdad territorial que demasiadas administraciones han convertido en paisaje.
Sobran los anuncios y faltan kilómetros ejecutados. Cada ciclo electoral devuelve las mismas palabras, compromiso, planificación, estudio y prioridad. Pero una autovía no se construye con declaraciones ni con fotografías junto a un cartel de obra, sino con presupuestos, plazos públicos, proyectos licitados y una voluntad política que no se disuelva cuando las urnas cierran.
La movilización de hoy debe ser el principio y no una ceremonia de desahogo. Ha de reunir a quienes piensan distinto y viven lo mismo, el coste de una infraestructura pendiente. La A-68 es seguridad, empleo, oportunidades, arraigo y futuro y la posibilidad de que los jóvenes no tengan que asociar inevitablemente su horizonte a marcharse.
El Bajo Aragón y todo el eje del Ebro no pueden seguir esperando una conexión digna como quien espera una concesión. La vertebración territorial es una obligación de país. Si esa obligación se incumple durante décadas, la calle tiene razón al recordar que un territorio también se defiende avanzando.
Editorial

