Ayer escuchaba apenada la triste historia de una ballena jorobada varada en el mar Báltico alemán que ha abierto un debate incómodo: qué hacer cuando salvar ya no parece una opción. Débil, desorientado, el enorme cetáceo permanecía inmóvil hasta ayer en una bahía de la isla de Poel, cerca de Wismar, mientras el país decidía cómo aliviar su sufrimiento. Una red de pesca en la mandíbula le impedía alimentarse. Cuentan los expertos que, tras varios intentos de rescate, ella decidía regresar a ese lugar para morir.

Esta anécdota me recordó a aquel pingüino emperador que se volvió protagonista en un documental de Werner Herzog: se separó de su colonia y caminó, sin motivo aparente, hacia el interior helado de la Antártida, en dirección a las montañas. Así rompía el comportamiento habitual de su especie. Nunca descubrimos por qué lo hizo. Los románticos afirmaban que quería ver mundo; otros, que estaba enfermo o desorientado. Solo sabemos que lo hizo y que, casi con total seguridad, moriría por falta de alimento. El equipo que grababa el documental decidió no actuar y respetar la decisión del pingüino. Una escena tan bella como devastadora.

Estas dos historias me remitieron a su vez a la del pez diablo que se hizo famoso a comienzos de 2025, cuando emergió de las profundidades —donde habita y sobrevive su especie— como si desafiara su propio límite. Fue cerca de la costa de Tenerife. Murió a las pocas horas. Tampoco entendimos con exactitud cuál fue su objetivo. Quizá, como el pingüino, también quiso ver un mundo desconocido.

Noelia Castillo era como la ballena, como aquel pingüino y como ese pequeño pez. Ella murió en marzo tras solicitar la eutanasia. No había una red de pesca atorada en su mandíbula, ni quiso poner a prueba sus límites, pero sufrió años de abandono, abusos, heridas invisibles. Quizá todas esas circunstancias tan terribles le empujaron a tomar su decisión, o no. Su caso agitó a la sociedad española y cruzó fronteras. Hubo juicios, culpables y muchísimo ruido hasta el final. Se señaló al sistema, a su entorno, a la sociedad en general. Todos nos preguntamos si alguien podría haber hecho algo para «salvarla», pero ella dijo que solo quería descansar.

A veces no se trata de entender lo que el otro hace. Se trata de aceptar que no todo nos pertenece, y mucho menos las decisiones de los demás. Y quizá ahí, en ese gesto de apartarse, incómodo pero necesario, está una de las formas más honestas de respeto. Ahí reside la belleza de la vida, que es nuestra, que nos pertenece, y que podemos hacer lo que sea con ella. Solo nosotros debemos elegir nuestro destino.

Laura Quílez