Hace unos días leí varios artículos en un periódico de la zona donde se hacía alusión y se justificaba que los cometidos y la esencia de la mujer era, en resumen, el de ser madre y cuidar a su familia para crear una sociedad mejor. Tales afirmaciones me horrorizaron y preocuparon a partes iguales.
A lo largo de la historia, la posición de la mujer en la sociedad ha sido un reflejo de las normas religiosas, culturales y económicas predominantes en cada momento. Desde la época en la que el espacio de la mujer quedaba confinado al ámbito privado del hogar y su identidad estuvo definida casi exclusivamente por su relación con los hombres: madre, esposa o hija hasta llegar a la lucha contemporánea de la igualdad de género, en todos los sentidos.
La evolución de la mujer es una de las historias más transformadoras de los tiempos, sin embargo, me queda claro que el desafío que tenemos por delante es algo que debe persistir pues, la historia de las conquistas está lejos de ser lineal y se enfrenta a resistencias –a la vista está- especialmente con aquellos pensamientos que ciñen a la mujer a un rol exclusivo de crianza y cuidados, cuyo máximo objetivo se plantea en convertirse en el pilar fundamental en la unidad doméstica.
¿Por qué se sigue insistiendo en que el sacrificio de las mujeres es un deber inherente a su persona y es por el bien de su familia? Estos pensamientos invisibilizan los aportes sociales, legales y económicos de las mujeres que, a decir verdad, han sido muchos a lo largo de los tiempos.
Criticar esta visión no significa despreciar las labores de cuidado o crianza, muy lejos de esto está mi opinión, pero reducir o inducir a las mujeres a este rol, ignora que tienen -para sorpresa de muchos- aspiraciones, talentos y derechos que trascienden y se escapan más allá de la esfera privada.
Las mujeres han roto cualquier barrera que se han encontrado por el camino: la justicia, la educación, la ciencia, la política, etc. El potencial de las mujeres no tiene límites siempre que las oportunidades sean equitativas. Sin embargo, la persistencia y contundencia en ciertos discursos limitativos refleja la realidad y es que la igualdad no es, ni de lejos, real ni universal.
Es vital recordar que el progreso alcanzado no es garantía de que no suframos retrocesos. La lucha por la igualdad debe ser constante, no solo para eliminar estereotipos dañinos, sino para construir una sociedad donde cada persona, sin importar su género, pueda desarrollarse plenamente, con escrupuloso respeto y garantía de sus derechos.
En un mundo donde las mujeres han demostrado una y otra vez que son agentes esenciales del cambio, es hora de dejar atrás pensamientos que encasillan en roles predeterminados y abrazar una visión que valore, de una vez, la libertad, diversidad y contribución a la sociedad. Solo así podremos hablar de igualdad genuina y duradera.
Celia Trullén. PSOE / Albalate del Arzobispo


Mientras en las relaciones entre hombres y mujeres, no impere sobre todas las cosas el respeto, habrá lagunas y malos rollos.
También opino que somos muy diferentes tanto física como psíquicamente y ahí es donde todos debemos de asumirlo, comprenderlo y ayudarnos. Tener un hijo es lo mas diferente que hacemos hombre y mujeres, pues desde esa diferencia es donde mas debemos igualarnos, y sobre todo, siempre ponernos en el lugar del otro. Se ha avanzado mucho, pero queda mucho mas por hacer y en algunas sociedades y cabezas, todo.