Hay tres muertes. La primera es cuando el cuerpo deja de funcionar. La segunda es cuando el cuerpo es arrojado a la tumba. La tercera es ese momento, en algún punto del futuro, cuando tu nombre es dicho por última vez».
He creído oportuno abrir este espacio con la cita del neurocientífico estadounidense David Eagleman para reflexionar en este inicio de año -fechas profundas, de propósitos- sobre ya no solo el paso del tiempo, sino el de la generación a la que pertenecemos desde que nacemos y que, irremediablemente, será sustituida por otra como si fueran juguetes que dejan de lucir en el escaparate principal de la tienda.
En mi última visita al pueblo, mientras deambulaba por el cementerio -un sitio seguro desde mi infancia curiosa-, me percaté de la desaparición total de la hilera de nichos más antiguos de la villa yacentes desde el fin del siglo XIX. Su eliminación era un movimiento lógico que respondía a la falta de espacio en el camposanto, y como los seres humanos seguimos teniendo esa manía de morirnos, la solución menos dolorosa era la de barrer a la generación cuyo nombre hace lustros que no se recuerda.
El caso es que allí me encontraba yo, de pie y observando aquella pila de epitafios cuyo destino era cuanto menos una incógnita, por mucho que desde el Consistorio se haya tomado una decisión sobre los restos humanos que preservaban. El fallecido más reciente databa de los años 50 y su lápida rezaba «por accidente de mina», una coletilla muy común en mi tierra. Mientras miraba aquella torre marmórea, pensé en cuántas generaciones tardará en ser olvidada la mía.
Tras una breve estimación mental, establecí el guarismo en cuatro. De una forma u otra conservo historietas de mis bisabuelos, la influencia directa en mi personalidad de mis abuelos o la luz que desprenden mis progenitores para saber por dónde debo caminar. Sin embargo, carezco de información de mis tatarabuelos, de hecho no llego a atisbar ni siquiera uno de los nombres de alguno.
La vida de aquellas personas se había desvanecido, de la misma forma que los nichos de sus quintos en el cementerio. No es que a nadie le pareciera bien, ni tampoco mal, simplemente es la ley de la vida el morir tres veces, como bien decía Eagleman al abrir esta columna. Que usemos este concepto para vivir felices sin preocuparnos tanto en el mañana ya es cosa nuestra.
Rubén G. Bielsa. Marasmos

