El pasado domingo día 9 de noviembre hubo manifestación en distintos puntos de Aragón por la sanidad, promovida por la nueva plataforma S.O.S. Sanidad. A dicha manifestación solo acudieron 103 personas; en la provincia de Teruel viven alrededor de 135.000 habitantes, es decir, no llega ni de lejos al 1% de participación.

Ese número, aparentemente pequeño y casi anecdótico, resume mejor que cualquier discurso la contradicción en la que vivimos: nos quejamos de la sanidad pública, pero no siempre estamos dispuestos a defenderla cuando toca dar la cara. Creo sinceramente que no le damos la importancia que se merece a la sanidad pública.

La mayoría solo repara en su valor cuando enferma, cuando un familiar espera meses para una prueba o cuando cierran el consultorio del pueblo. Mientras tanto, se acepta casi con resignación que falten médicos, que se saturen las urgencias o que la cita con el especialista llegue tarde y mal. Como si el sistema sanitario fuera un ente abstracto, ajeno a nuestras decisiones colectivas, y no un servicio que se sostiene con dinero público y, sobre todo, con la implicación de la ciudadanía.

En esa mañana de domingo eché especialmente en falta a más autoridades políticas: alcaldes, concejales, consejeros comarcales. Es muy cómodo llenar titulares hablando de la «defensa del medio rural» y de la «igualdad de oportunidades» mientras se mira hacia otro lado cuando se convoca a la gente a la calle. Su presencia no arregla por sí sola las listas de espera, pero envía un mensaje claro: que la sanidad pública es una prioridad real y no solo una frase recurrente en campaña electoral.

Cuando ni siquiera quienes ostentan cargos públicos consideran necesario estar, el mensaje que llega a la población es que no pasa nada grave. Sé que la hora era mala: domingo a las doce del mediodía, la hora del vermut, y la hora del vermut es sagrada. Pero quizá ahí está también el problema. Si un rato de comodidad pesa más que la defensa de un derecho básico, acabaremos descubriendo, demasiado tarde, que lo verdaderamente sagrado era tener un médico cerca, una ambulancia que llega a tiempo o un hospital que no funciona a medio gas.

No se trata de demonizar el ocio, sino de asumir que hay momentos en los que conviene aparcar el vaso y ocupar la plaza. Porque si no somos capaces de sacrificar una hora de nuestro domingo, otros decidirán tranquilamente cómo recortar las horas –y la calidad– de la sanidad que algún día necesitaremos todos.

Eduardo Alcutén. CHA / Montalbán