El último paciente que atendí lo consulté con la inteligencia artificial. Dicho así y sin más explicaciones, puede pensarse que soy una médica que intenta quitarse trabajo de encima, que delega tareas que le corresponden, que confía demasiado en la tecnología o que vulnera, aunque sea sin querer, la confidencialidad digital de sus pacientes.

Lo puedo empeorar si digo que utilizo la inteligencia artificial en mi consulta todos los días. Sin matices, puede sonar futurista, arriesgado, amenazante o directamente falso.

La realidad es que la inteligencia artificial (IA) está cambiando silenciosamente muchos aspectos de nuestras vidas y de nuestros trabajos. Ha irrumpido con fuerza en la salud y la medicina. Ya está al alcance de médicos y pacientes. En mi opinión, el debate real no está en si podrá sustituir a los médicos, pues el factor humano sigue teniendo un valor insustituible para la población. A mí me interesa conocer de qué formas y en qué tareas puede aplicarse con seguridad en medicina, qué herramientas son de mayor utilidad para los médicos, cuáles permiten interacciones más provechosas, qué impacto que puede tener en la relación médico-paciente, y cómo podemos, ambos, hacer un uso prudente de la IA.

Porque atiendo cada vez a más personas que, antes de venir a la consulta, han preguntado a un buscador basado en IA (como ChatGPT). Han obtenido una recomendación y la exponen con franqueza porque todavía depositan la confianza en el ser humano o porque la IA, por suerte, aún no puede solicitar pruebas o recetar fármacos sin ayuda. Agradezco la honestidad con la que muchos admiten haberla utilizado; porque a veces supone casi un ejercicio de confesión. Me convierto entonces en una intérprete y auditora de la IA. Intento revisar con mi paciente esa respuesta rápida que le ha ofrecido, y someterla a un juicio humano y pausado. Trato de explicar que la IA sólo dispone de la información que se le presenta, que le falta siempre el contexto y el conocimiento previo del que el médico de familia dispone. La IA no genera una respuesta razonada: analiza fuentes que a menudo no son transparentes; y plasma, en lenguaje humano, convincente, y un poco adulador, aquello que ha logrado aglutinar. La IA tiene sesgos y «alucinaciones» frecuentes; busca sólo en la dirección para la que fue programada y, si no encuentra lo que busca, a veces, simplemente, se lo inventa.

Conociendo estas y otras limitaciones, intento utilizarla con prudencia en la consulta. Es un consultor discreto: me ayuda a localizar evidencia científica, a resumir información y a ahorrar tiempo en tareas de documentación. Me entreno para usarla bien, porque cuanto mejor preparas la información que le das (los llamados prompts), mayor fiabilidad tendrá el resultado. Me explico: no es lo mismo preguntar a ChatGPT «¿Es bueno tomar suplemento de vitamina D?», que usar una herramienta que busca exclusivamente en fuentes biomédicas y formular: «Medidor de consenso sobre el uso de vitamina D en pacientes asintomáticos con osteopenia y sin otros factores de riesgo». El primero da una respuesta a favor del uso de suplementos, descontextualizada, sin posibilidad de averiguar de dónde proviene. El segundo me permite revisar bibliografía sólida y confirmar que, en mi paciente —como en tantos otros—, probablemente no encontraremos ningún beneficio con ese suplemento.

Lo que nunca hago, y ningún médico debe hacer bajo ningún concepto, es dejar que la IA tome el control. Las decisiones las tomo siempre yo. La responsabilidad última es mía. Porque nos espera un futuro compartido en el que: ni el médico debe reemplazarse por la IA, ni la IA debe ser utilizada en reemplazo del médico.

María Escorihuela.