Estrasburgo es una pequeña ciudad francesa situada a pocos kilómetros de la frontera con Alemania. Su historia ha estado marcada precisamente por esa posición fronteriza: durante décadas fue disputada entre ambos países y llegó a pertenecer alternativamente a uno y otro. Basta pasear por sus calles para percibir esa doble identidad. Está en las casas medievales con entramados de madera y en la elegancia francesa de muchas de sus avenidas; en una gastronomía donde conviven el Choucroute y la Tarte flambée; en la cerveza y los vinos alsacianos; en los canales y los edificios de cristal; en los molinos y los puentes; e incluso en los idiomas del francés y el alemán que resuenan constantemente, también escritos en las placas de las calles.

Estrasburgo tiene el encanto de un pueblo, pero el pulso de una capital internacional. Quizá esa «doble identidad» la convirtió en un símbolo de la Europa contemporánea. Allí tienen su sede el Consejo de Europa, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos y el Parlamento Europeo. Por este último viajé hasta allí: para asistir, por trabajo, a una de sus sesiones plenarias mensuales.

Las instalaciones impresionan casi tanto como la Catedral de Estrasburgo: enormes, solemnes, visitadas cada día por miles de personas. Quería comprobar de primera mano cómo funcionaba aquella maquinaria política y si la institución europea podía ofrecerme algo que todavía no hubiera visto. Imagino que usted, lector y ciudadano europeo de pleno derecho, conoce más o menos su función: el Parlamento es la representación de todos nosotros a nivel Europa, lo más similar a nuestro Congreso de los Diputados.

Nada más entrar en la sede parlamentaria, llama la atención el gran «jardín tropical» situado en el corazón del edificio principal, una inmensa estructura recubierta de cristal. Cientos de plantas cuelgan desde varios pisos de altura hasta tocar el suelo, entrelazándose en un espacio inundado de luz natural. No pude evitar pensar que aquella selva interior, de más de treinta metros de altura, se parecía bastante a la propia institución: enorme, frondosa, con rincones oscuros, llena de elementos distintos que conviven al mismo tiempo y difícil de abarcar de un solo vistazo. Tecnología, sostenibilidad, economía, agricultura, migración, industria, igualdad, defensa… todo parece crecer a la vez dentro de esa estructura compleja.

En un bosque, al ser humano le cuesta orientarse entre la maleza. Y algo parecido ocurre en una institución de semejante envergadura. Cuesta entender cómo funciona realmente y, sobre todo, distinguir qué es lo importante entre el ruido constante. En un mismo día se habla del mercado del acero, de la ciberseguridad, de la brecha salarial, de controles fronterizos o del cambio climático. Decisiones enormes conviven con debates aparentemente menores; asuntos urgentes se mezclan con otros que jamás llegan siquiera a debatirse. La jungla europea impresiona, pero también confunde, y agota.

Y, sin embargo, quizá ahí reside precisamente el verdadero significado de Europa. No en la perfección ni en la claridad absoluta, sino en el intento permanente de ordenar el caos. En lograr que decenas de países, culturas e intereses diferentes convivan bajo un mismo techo sin destruirse entre sí.

Estrasburgo, con su mezcla constante de idiomas, estilos y memorias enfrentadas, parece recordarlo a cada paso. Una ciudad construida sobre contradicciones que terminó convirtiéndose, paradójicamente, en el lugar donde Europa intenta entenderse a sí misma.

Laura Quílez