Llueve mientras escribo esta columna. Las gotas chocan y repiquetean divertidas mientras caen hiriéndose de muerte con todo lo que encuentran y acaban muriendo en las baldosas áridas. La melodía se cuela por la ventana anunciando un día nuevo y, con suerte, algo más fresco que los anteriores. Todavía no ha acabado, pero pienso en que ojalá ese momento durara un poquito más. Sumergida en ese instante todo lo que puede estar bien, lo está. Centrada en esa melodía suave no hay problema que me abrume, pero cuando desaparece resuenan más altas mis inquietudes y vibran de nuevo las vidas ajenas en el patio interior. Las obligaciones retornan de golpe y la jornada se antoja frenética, como la anterior, y muy probablemente como las que aún están por llegar. La lluvia ha parado demasiado pronto y a mi cabeza vuelven muchos de los pensamientos que la habitan. Es temprano todavía, apenas la luz atina a colarse entre las cortinas y yo ya repaso todos los ítems que he de cumplir para completar el día con éxito: ir a trabajar, acabar unos temas que dejé a medias, solucionar un par de cuestiones que ayer no pude, preparar la comida, hacer algo de deporte, caminar un rato, recoger la casa, llamar a mi madre, felicitar a mi abuela y a mi amiga, que cumplen años, contestar los mensajes pendientes, empezar a pensar en cómo organizar el fin de semana, quizá tenga algún recado pendiente más y se me esté olvidando… No son pensamientos que me atormenten, cada jornada es una nueva oportunidad de aprender y de vivir, pero a veces, y solo a veces, es bonito sentir como hay instantes que disfrutas sin reflexionar y sin buscar en ellos una enseñanza trascendental y transformadora. A veces la vida ocurre, sin más, y no hay que sacar un aprendizaje de ella. Pienso todo esto mientras escribo, pero entonces vuelvo a escuchar el susurro de la lluvia y esos pensamientos que saltan de un lado a otro de mi cabeza y que voy transformando en palabras se amansan. Me centro en escucharla: solo quedo yo dentro y la lluvia fuera. No hay nada ni nadie más habitando este momento. Entonces dejo de escribir, me relajo y decido aprovechar la bonita tregua que me ha concedido. No sé cuándo volveré a poder disfrutar de otra y eso, casi siempre, significa demasiado tiempo.

Alicia Martín. A quien quiera leer