En esta España nuestra, esta España despoblada, hay un tesoro oculto mucho más valioso que el oro enterrado bajo La Caixa; y no me refiero a la entidad bancaria, sino a la montaña mágica de Beceite: la capacidad de mejorar, evolucionar y adaptarse a un medio áspero.
También, en esta España vaciada, hay misterios difíciles de desentrañar, como el caracol de Santa Bárbara de La Fresneda, o, más incomprensible todavía, el de que cada cuatro años demos nuestra confianza a quienes llevan decenios aprovechándose descaradamente de nosotros.
Es cierto que la naturaleza está llena de misteriosas asimetrías: de eso trata, precisamente, el Nobel de Química de este año. Aceptar un cierto grado de esa asimetría posiblemente nos hace ser mejores. Pero eso no justifica que unas pocas personas jueguen con los riesgos de muchos: esa es la asimetría del espabilado.
Es el caso de los bancos, grandes corporaciones y hasta compañías aéreas como Plus Ultra: si todo sale bien, sus directivos (y algún político, presuntamente, pringado) cobran importantes primas; pero si sale mal, las pérdidas se socializan y esas empresas son rescatadas con el dinero de todos los ciudadanos. Ellos nunca pagan la factura de sus errores y fracasos. Al contrario que los pequeños comerciantes y empresarios: ellos sí se hunden con su negocio.
Lo mismo ocurre casi siempre con los políticos: ellos toman las decisiones, pero otros asumen los riesgos y pagan las consecuencias. Si salen bien, ganan votos (y hasta joyas regaladas por jeques árabes); si salen mal, los ciudadanos somos quienes corremos con los gastos. El hermano de Pedro Sánchez, condenado por prevaricación administrativa, no tiene que devolver los salarios que cobró durante esos años. Tampoco Francisco Granados, exconsejero de la Comunidad de Madrid, condenado por prevaricación, tuvo que devolver nada. Ya nos encargamos los contribuyentes de pagarlo todo.
Por eso, mientras no se establezca un sistema que permita exigir responsabilidades a quienes toman decisiones en mi nombre, no puedo confiar en ninguno de ellos. Desde luego yo no me montaría en un avión en que el único paracaídas lo llevara puesto el piloto antes de despegar.
Y la solución es tan sencilla: «que se jueguen la piel», como dice Nassim Taleb. Establecer desincentivos para los cargos públicos: que se incauten todos los bienes de los corruptos, sus familiares y sus testaferros. Quien se aproveche del cargo en beneficio propio, sin tener en cuenta el daño a la sociedad, que lo pierda todo. ¿Cuántas guerras habría si quienes las decidieran fueran las madres de los soldados?
Ahora ya estamos con unas elecciones a la vista. Se nota porque ya nos han enfrentado a caseros e inquilinos, inmigrantes y nacionales, trabajadores y empresarios, catalanes y españoles. Han revuelto bien el río para asegurarse esa asimetría perversa en la que unos pocos seguirán obteniendo beneficios desproporcionados, mientras seremos muchos los que perderemos carreteras, UCIs, guardias civiles… esperanza y futuro.
No puedo quedarme sentado lamentándome de lo que está pasando. Así que recurro a mi tesoro, ser dueño de mí mismo y de mis opiniones, y desvelo el misterio de mi voto: que no cuenten conmigo, porque no veo a ningún candidato dispuesto a asumir en sus carnes el riesgo de sus decisiones, como no sea ante su propio dios y su propia historia.
José Luis del Valle. Abogado

