Todos hemos sentido alguna vez esas «mariposas en el estómago», esa falta de sueño y energía desbordante que nos invade al enamorarnos. Lo curioso es que la ciencia sabe mucho sobre por qué ocurre esto. Detrás de la poesía, las canciones y películas, hay un cerebro trabajando sin descanso. Y aunque suene poco romántico, entenderlo no le quita magia al amor, se la multiplica a través de lo fascinante de la explicación.
La neurociencia ha demostrado que lo que sentimos en el enamoramiento tiene raíces biológicas muy claras. Y es que la ciencia puede ayudarnos a comprender no solo el amor, sino también el desamor y a procesarlo de otra manera. Conocer cómo funciona nuestro cerebro nos da herramientas para vivir mejor las relaciones.
En primer lugar, debemos comprender que el amor no es un estado único, sino un proceso con varias fases como el deseo, la atracción y el apego. Primero aparece el deseo, guiado por hormonas sexuales como la testosterona y los estrógenos. Después surge la atracción, cuando nuestro cerebro libera dopamina, encargada del placer y la motivación. Es ahí cuando perdemos el apetito, dormimos poco y pensamos obsesivamente en la otra persona. En esta etapa, el amor domina nuestra vida llenándola de euforia y nuestro cerebro se comporta como si estuviera «enganchado» a una droga. Finalmente llega el apego, otros lo llamarán cariño y pensarán que ya no hay amor, pero es todo lo contrario. Esta fase está sostenida por la oxitocina y la vasopresina, las hormonas que nos ayudan a confiar, cuidar y mantener vínculos estables. Un estadio maduro y consciente del amor.
Precisamente es este guión biológico el que también explica por qué las rupturas duelen tanto: las mismas zonas cerebrales que responden al dolor físico se activan cuando sufrimos un desamor. No es una metáfora decir que «nos duele el corazón»: el cerebro procesa esa pérdida como si fuera una herida real. Del mismo modo, también sabemos que el amor romántico e intenso, el más pasional y deseoso, tiene fecha de caducidad. Dura, de media, entre 9 y 36 meses. Después, el cerebro regula la producción de dopamina y serotonina, y empezamos a ver a la pareja con menos idealización y más realismo. Si se supera esta etapa, aparece un amor más tranquilo, basado en el compromiso y en la convivencia. Quizá en esto del amor todos vamos aprendiendo a equilibrar lo emocional, lo sentimental y lo lógico.
Por otro lado, incluso las sensaciones físicas del enamoramiento tienen explicación. El aumento del ritmo cardiaco, la sudoración o la dilatación de las pupilas se deben a la activación del sistema límbico, que regula emociones y respuestas corporales. Esa sensación tan popular de las «mariposas en el estómago» es el resultado de la conexión entre cerebro y vísceras a través del nervio vago y la corteza insular, aunque en realidad la explicación completa todavía es más fascinante y compleja. En lo bioquímico, además de la dopamina y la oxitocina, entran en juego otras sustancias: la serotonina, también relacionada con pensamientos obsesivos y celos; la norepinefrina, que explica la excitación y la falta de sueño; y la feniletilamina, un neuromodulador vinculado a la euforia y la vitalidad. El amor, literalmente, es un cóctel químico.
Ahora bien, no podemos olvidar que el amor también es cultura y sociedad. Como recuerdan las ciencias sociales, la manera en que amamos depende de la época, de la cultura e incluso de la clase social. No se ama igual en un pueblo que en una gran ciudad, ni es lo mismo el amor del siglo XXI que el de hace cien años. El contexto también moldea cómo vivimos y expresamos nuestros vínculos. Entonces, ¿es o no es el amor algo universal?
Al final, la ciencia no acaba de descifrar el misterio del amor, pero sí nos recuerda y explica lo extraordinario que es que un conjunto de neurotransmisores y descargas eléctricas se traduzcan en poesía, entrega y ternura. Porque, más allá de la química, lo que queda son los abrazos, las palabras y la certeza de que, gracias al amor, nunca estamos solos.
Alberto Quílez. Tribuna abierta

