Son las nueve de la noche. Ha sido un día largo y solo queremos desconectar viendo algo en la televisión. Cogemos el mando y empieza el suplicio: ¿Qué ver? Series que amigos recomendaron, películas en la lista de pendientes, todas las opciones pasando ante los ojos. Media hora después seguimos en el catálogo, cada vez más agobiados. Finalmente, exhaustos por intentar elegir, acabamos viendo por decimoquinta vez la comedia que ya sabemos de memoria.
El problema no es técnico sino neurológico. Nuestro cerebro no está diseñado para gestionar opciones ilimitadas. Antes, recuerdo de niño, con dos canales, elegir era simple: o te gustaba lo que echaban o hacías otra cosa. Ahora, elegir consume más tiempo que ver.
Cuando finalmente elegimos algo, apenas podemos disfrutar. Porque en el fondo de la mente, algo susurra: «¿y si hay algo mejor? ¿Y si esta película no vale la pena y estoy desperdiciando mi precioso tiempo libre?» Así que vemos, pero con el móvil en la mano, consultando críticas, leyendo argumentos de otras cosas, planeando qué será lo próximo.
La abundancia nos ha convertido en consumidores ansiosos, incapaces de comprometernos. Empezamos series que abandonamos al tercer capítulo. Vemos películas en velocidad acelerada para «optimizar el tiempo». Saltamos escenas que creemos lentas y sin sustancia para la trama. Hemos perdido la capacidad de entregarnos a una historia, de dejarnos llevar por la magia del cine.
Antes, ver algo que no nos gustaba era frustrante, pero tenía solución: cambiábamos de canal, o suspirábamos porque devolveríamos la cinta al videoclub sin haberla terminado, o lamentábamos la elección. Ahora es una crisis existencial: tenemos literalmente miles de opciones y elegimos mal. La responsabilidad nos aplasta. El infinito, en lugar de liberarnos, nos paraliza.
Y las plataformas lo saben. Por eso nos bombardean con recomendaciones algorítmicas, con top 10, con «porque viste esto, quizá te guste…». Intentan facilitarnos la elección, pero solo consiguen recordarnos la enormidad de lo que no estamos viendo. Cada recomendación es un reproche: «Mira todo lo que te pierdes».
Quizá el verdadero lujo hoy no sea tener acceso a todo, eso es fácil, solo necesitas 7,99 al mes (si no ha cambiado el precio), sino tener criterio para elegir. Apagar las notificaciones, ignorar las tendencias, seleccionar tres o cuatro cosas al mes y verlas sin culpa, sin prisas, sin el móvil en la mano, disfrutando de la magia del cine.
Miguel Gardeta

