Había una pancarta colgada al pie de la torre del castillo de La Hoz de la Vieja que lo decía todo con una sencillez brutal: «S.O.S. Me hundo». La pancarta parecía dar voz a la propia torre, un monumento del siglo XIV que llevaba décadas reclamando atención. En julio de 2024, la asociación Hispania Nostra lo incluyó en su Lista Roja del Patrimonio, ese catálogo de bienes culturales en peligro de desaparición. Los habitantes de esta pequeña localidad turolense no descubrieron entonces nada nuevo, llevaban años viendo cómo la torre se deterioraba a pasos agigantados y cómo el tiempo, sin ayuda, acabaría ganando la batalla.

Este mes la batalla ha cambiado de bando. La Dirección General de Cultura y Patrimonio Cultural del Gobierno de Aragón ha concluido las obras de consolidación y restauración de la torre tras una inversión de 101.171 euros. Los muros han recuperado estabilidad, las grietas han sido cosidas, las almenas consolidadas. La pancarta del SOS puede retirarse por fin, pero la historia que hay detrás merece contarse.

Para entender esta torre hay que retroceder hasta mediados del siglo XIV y situarse en la guerra de los Dos Pedros, el conflicto que enfrentó a Pedro I de Castilla con Pedro IV de Aragón y que azotó con especial violencia las comarcas limítrofes entre ambos reinos. Las poblaciones de la zona vivían en tensión permanente y estaban obligadas a costear, mediante tributos, la fortificación de la villa vecina de Montalbán, la gran plaza fuerte de la comarca. Pagar para defender una fortaleza ajena que quizás no les protegería a tiempo no les parecía un trato justo a los habitantes de La Hoz.

Así que negociaron. Y lograron un acuerdo tan sencillo como ingenioso: se librarían de aquellos tributos a cambio de comprometerse a levantar su propio castillo. Lo que construyeron, sin embargo, no fue ninguna gran ciudadela. La gente del lugar se limitó a erigir una sola torre, sin recinto amurallado, de mampostería con refuerzos de sillar, encaramada sobre la cresta de una ladera a casi mil metros de altura. Una torre de pueblo, una declaración de autonomía grabada en piedra. Y con fecha exacta: 1363, lo que la convierte en uno de los poquísimos monumentos medievales aragoneses con partida de nacimiento documentada.

Esa singularidad es precisamente lo que hace que el deterioro haya resultado tan doloroso y la restauración tan significativa. El patrimonio constituye una forma de memoria materializada que permite a una comunidad reconocerse en su pasado. Cuando desaparece un bien patrimonial, con él desaparecen testimonios, historias y vínculos con quienes nos precedieron.

Conviene, además, nombrar sin rodeos algo que a veces se trata como argumento menor: el patrimonio es turismo, y el turismo es economía viva para los pueblos. La torre de La Hoz de la Vieja abierta al público no es solo un logro cultural; es un activo capaz de generar visitas y consumo en un territorio que lleva décadas perdiendo población. El turismo de patrimonio es uno de los motores más sostenibles que existen para la España vaciada, precisamente porque su materia prima no se agota ni puede trasladarse a otro lugar.

¿Tiene sentido rescatar monumentos mientras las infraestructuras que sostienen la vida cotidiana siguen deteriorándose? Ambas inversiones forman parte de la misma apuesta por el territorio. Quienes viven en estos pueblos necesitan carreteras dignas con mucha más urgencia que el turista ocasional. Las necesitan para ir al médico, para que sus hijos puedan desplazarse a sus centros educativos y para desarrollar su actividad económica. Invertir en patrimonio sin invertir en carreteras es como restaurar la fachada de una casa con el tejado hundido.

La torre del castillo de La Hoz de la Vieja está consolidada y fuera de peligro, pero la historia no termina aquí. El Gobierno aragonés ya ha encargado el proyecto de adecuación de accesos para que en una segunda fase se pueda visitar el interior, recorrer sus salas y subir hasta el adarve almenado a contemplar el mismo paisaje que miraron los vecinos de 1363 cuando decidieron que valía la pena defenderlo. Quedan muchas torres por rescatar y muchas listas rojas llenas de nombres que nadie pronuncia, pero la experiencia demuestra que el deterioro puede detenerse cuando existe voluntad política y compromiso social.

Y en tiempos en que el olvido avanza con prisa, no está de más celebrarlo.

Jorge Herrero. Papel y pixel