Con motivo de la celebración este 25-N, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, me parece pertinente señalar algunos datos y expresar algunas reflexiones.

A 17 de noviembre de 2025, según el Ministerio de Igualdad, desde 2003 a 2025 ya se han producido por violencia machista 1.333 muertes de mujeres. En este año ya alcanzan la cifra de 38. ¿La sociedad española es consciente de esta tragedia?

Si repasamos la historia, el maltrato a las mujeres por parte de los hombres ha existido en todas las épocas y lugares; y se ha utilizado como instrumento para instaurar y mantener el poder y el dominio sobre la mujer.

Es cierto que en España y otros países se han aprobado leyes de igualdad y que se toman medidas de protección, pero el colectivo femenino sigue siendo víctima de agresiones y asesinatos. En España se ha aprobado la Ley Orgánica 10/2022, de 6 de septiembre, de garantía integral de la libertad sexual, más conocida como «ley del solo sí es sí».

Los especialistas en violencia de género están de acuerdo en que el origen del problema es el patriarcado: un sistema de dominio institucionalizado para subordinar e invisibilizar a las mujeres respecto a los varones, creando así una situación de desigualdad estructural basada en la pertenencia a determinado «sexo biológico». Una de las secuelas más graves del patriarcado es el machismo, que genera la intolerable lacra social de la violencia de género, ejercida contra la mujer solo por ser mujer.

Hasta hace unas décadas, el modelo de mujer española era: virgen antes del matrimonio, sumisa en la relación íntima y madre abnegada. Se deslegitimaba el instinto sexual femenino, considerándolo como algo sucio e impropio de su condición. Por el contrario, el machismo y el donjuanismo eran los prototipos viriles aceptados. Frente a la fidelidad femenina, para los varones estaba bien vista la asistencia a prostíbulos y tener una querida era signo de ostentación.

La mujer estaba subordinada al varón, necesitaba el permiso del padre o marido para muchas acciones. Si sufría maltrato, le resultaba muy difícil denunciarlo. Su confesor le recomendaba resignación. La policía y los jueces relativizaban o normalizaban la situación.

Su dependencia económica y emocional respecto al marido, la presión social de aguantar por el bien de los hijos, hacían muy difícil separarse. No había divorcio. Ni siquiera existía el concepto de violencia de género. En 1944 se reincorporó el artículo 428 del Código Penal de 1870, suprimido por la legislación republicana, sobre el «uxoricidio por causa de honor», que permitía matar a la esposa adúltera con consecuencias mínimas.

Ese poso del patriarcado y su secuela machista, en la forma de pensar y comportarse, está mucho más arraigado de lo que creemos. A partir de los años 70, las mujeres en el mundo occidental, disconformes con su desigualdad, accedieron al mercado de trabajo y a la educación superior, logrando una mayor autonomía personal y material, aunque cargando con el doble rol de madres y esposas. Auténticas heroínas.

No obstante, aún tienen más dificultades que los hombres para llevar a cabo su proyecto de vida. Persiste la brecha salarial y el techo de cristal. Estas conquistas femeninas han sido vistas por algunos hombres como un cuestionamiento a su dominio, superioridad y control, reforzando incluso la violencia machista.

Estamos muy equivocados si pensamos que las nuevas generaciones tienen otros valores y rechazan al machismo. Según un Macroestudio de Violencia de género Tolerancia Cero, realizado por la Fundación Mutua Madrileña (11/2022), más de un 20% de chicos entre 18 y 21 años no cree que golpear a la pareja después de una discusión, insultarla o controlar su móvil sea violencia de género. ¿Está relacionado con el hecho de que muchos jóvenes voten a Vox?

Como conclusión, hace falta un gran esfuerzo de toda la sociedad hacia el objetivo de la igualdad de género. Debemos concienciarnos para que las diferencias entre hombres y mujeres no acaben en desigualdades, y sirvan para enriquecernos mutuamente. Y esto no se alcanzará solo con medidas legislativas –diseñadas y aplicadas casi siempre desde posiciones androcéntricas–, sino, sobre todo, cambiando el sistema de valores, creencias y actitudes sexistas.

Es clave la formación y la educación. Formar a los cuerpos policiales, al estamento judicial y al profesorado desde la perspectiva de género. A esta labor deben incorporarse los medios, la familia y toda la sociedad. Especialmente la clase política, por su visibilidad. Educar es tarea de toda la tribu. Es la única manera de erradicar el machismo y su lacra derivada: la violencia de género.

Cándido Marquesán