Cada otoño, cuando los campos del Bajo Aragón se preparan para la recogida de la oliva, volvemos a encontrarnos con una tradición milenaria. Es el momento de recoger el fruto de un trabajo silencioso, de mirar a las oliveras que plantaron nuestros abuelos y de recordar que sus raíces también cuentan nuestra historia.

La campaña parece adelantarse en un clima que ya no se comporta como antes. Algo no debería cambiar: el reconocimiento a quienes cuidan el olivar durante los doce meses, entre podas, laboreos, sequías e incertidumbres. Detrás de cada botella hay manos, esfuerzo y una decisión valiente: seguir cultivando.

Nuestro olivar tradicional, con el Empeltre como emblema, es mucho más que un paisaje hermoso. Es patrimonio natural, identidad cultural y actividad económica para nuestros pueblos. Defenderlo no significa renunciar a la innovación, sino impedir que la búsqueda exclusiva de rentabilidad sustituya nuestros olivos centenarios por plantaciones intensivas.

En Apadrinaunolivo.org llevamos desde 2014 demostrando que recuperar olivos también es recuperar futuro. Lo que comenzó en Oliete como un sueño colectivo ha permitido devolver la vida a más de 36.000 olivos abandonados, crear más de 40 empleos, abrir una almazara y una conservera, lanzar Mi Olivo y Mi Huerto y atraer visitantes a Oliete y Alacón. Miles de madrinas y padrinos, junto a agricultores, trabajadores y voluntarios, han hecho posible que el olivar vuelva a ser motivo de orgullo y encuentro.

También hemos aprendido que el aceite hay que contarlo, enseñarlo y vivirlo. Las catas, las visitas y las experiencias oleoturísticas permiten descubrir lo que encierra una gota de aceite de oliva virgen extra: conocimiento, salud, biodiversidad, historia y territorio. Forma parte esencial de nuestra dieta mediterránea y, bien valorado, puede sostener familias, comercios y actividad en nuestros pueblos. El AOVE no es simplemente «aceite de oliva»: representa la máxima categoría de calidad, obtenida directamente de aceitunas mediante procedimientos mecánicos y sometida a exigentes requisitos.

España es una potencia oleícola, pero todavía nos queda camino para construir una cultura del aceite, como otras regiones han sabido hacer con el vino. Hay que educar el paladar, reconocer la calidad, consumir producto de proximidad y explicar por qué un buen AOVE merece su precio.

Deseo una magnífica campaña a agricultores y almazaras. Y pido algo más: que defendamos un precio justo para quien trabaja la tierra. Porque cuando una olivera centenaria sigue dando fruto, también sigue latiendo el corazón del Bajo Aragón.

Alberto Alfonso